Autobiografía Lectora
"Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido."
Michael Ende, La Historia Interminable
Entre las imágenes evocadas por los primeros recuerdos neblinosos de mi más remota infancia puedo ver la silueta desgastada de un libro viejo que descansaba sobre la mesita de noche de mi madre. Recuerdo la misteriosa sensación que me producía la imagen de su portada, una épica ilustración en la que se alzaba poderosamente un monstruoso gigante que sostenía una colosal roca entre sus fuertes manos. El cabello, ensortijado y grasiento, le caía sobre el rostro, así que sus rasgos quedaban fuera de mi alcance. Y yo me preguntaba qué clase de semblante podía poseer aquella bestial criatura, por qué alzaba aquella piedra, o quién viajaba en aquel barco que, apresuradamente, se alejaba de él.
Otros muchos recuerdos se han borrado con el paso del tiempo, perdiéndose en ese vacío negro y terrible que llamamos olvido. No recuerdo cual fue el primer libro que leí, ni la edad que tenía cuando lo hice. Pero sí sé la razón por la que leía, la razón por la que sigo leyendo. Y es que, como a Bastian, la vida me parecía (y me parece) vacía y sin sentido sin los libros. Porque la vida, más allá de las páginas escritas, era gris y monótona, una vida que se arrastraba lentamente día tras día, sin que nada nuevo se atreviese a ocurrir, sin que ninguna aventura emocionante apareciese tras una esquina. Supongo que, por ello, siempre me han atraído especialmente los libros de fantasía. Porque, para huir de la monotonía, no hay nada como la imaginación ilimitada. Si quieres realidad, dicen, mira por la ventana.
-Yo estoy leyendo un libro que se llama El hobbit -dijo cierta amiga, con su voz infantil, aguda y chillona-... pero bueno ¿sabes tú lo que es un hobbit?
Fue esa sencilla frase la que cambió para siempre mi relación con la lectura. El Señor de los Anillos se extendía, a través de sus tres partes, durante más de mil quinientas páginas, y yo tenía nueve años. Fue una de las pruebas más difíciles que jamás haya tenido que superar. Pero cuando logré finalizarlo, tras mi arduo combate contra sus páginas, sentí que me encontraba ante el mejor libro que hubiese leído hasta entonces. Sin embargo, eso sí, su lectura trajo consigo una inesperada consecuencia: a partir de ese instante, cada libro de fantasía que leía o releía me parecía poco más que un plagio. De pronto (y durante bastante tiempo), la fantasía había dejado de cumplir el papel que yo necesitaba. Ya no me resultaba excitante, ya no llenaba los vacíos de mi vida. Para mí, se había vuelto monótona.
Supongo que fue entonces cuando extendí mis miras. De la fantasía pasé a todos aquellos libros que se alejaran lo suficiente de la realidad como para alimentar mi ansia de aventura. Las aventuras de Sherlock Holmes, Veinte mil leguas de viaje submarino, La Odisea (que me trajo el grato recuerdo de un gigante que sostenía una enorme roca), Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Frankenstein... me bebí con deleite cada uno de ellos, saboreando cada palabra. Pero si tuviese que destacar uno, solo uno, de todas aquellas obras maestras que cayeron en mis manos en esa época de expansión lectora, tendría que decantarme, sin duda alguna, por La isla del tesoro. Mi adoradísima isla, que todavía hoy ocupa una posición preferencial en el estante superior de mi estantería.
En aquel momento, apareció en mi vida la segunda piedra angular que cambió de nuevo mi relación con la palabra escrita. Irremediablemente atraído hacia la ciencia-ficción por la obra de Julio Verne, no pasó mucho tiempo antes de que oyese hablar de un estrambótico ruso llamado Isaac Asimov. Fue su Fundación la que lo convirtió, desde entonces y hasta el momento presente, en mi escritor favorito. El duelo entre la inteligencia y la fuerza que Asimov planteaba en sus obras iba mucho más allá de ese enfrentamiento clásico de la mente brillante contra el monstruo fornido y bobalicón, que creía que un pájaro era una piedra o que acusaba a un tal Nadie de haberlo engañado. La fuerza de Asimov no era bobalicona, era militarista, astuta y estratega, prácticamente imparable y monstruosamente decidida. Y pese a todo, la inteligencia seguía derrotándola. La desdeñosa frase de Salvor Hardin ante el cadáver de su oponente todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo.
Desde entonces, he leído mucho de la obra de Asimov, y también de muchos otros autores. La fantasía se ha abierto de nuevo un hueco en mi vida (era ya un adulto cuando leí, por primera vez, Las Crónicas de Narnia), y debo decir que en más de una ocasión lo he dejado todo (trabajos, estudios, viajes, lo que sea) para acurrucarme en un rincón de una biblioteca y sumergirme de nuevo en un mundo aparte, un mundo de tinta y letras que se convierte en mucho más en algún lugar de mi imaginación. Pero sigo sin lograr disfrutar de las novelas realistas, aunque ya no huya de ellas. Si quieres realidad...




rekhar dijo
Este relatillo autobiográfico me valió una matrícula de honor en Didáctica de la Lengua y la Literatura. Quizá por eso le tengo especial cariño, XD
26 Junio 2009 | 03:18 PM