Lungri
El fenómeno del tigre devorador de hombres inicia cuando el animal prueba por primera vez carne humana. Desde allí sólo ese alimento podrá satisfacer su terrible apetito.
Sir Lloyd W. Winall
-¡Mirad, mirad! -aúllan los monos, desde lo alto de los árboles, saltando arriba y abajo con un horrible estrépito que podría despertar a los muertos- ¡Mirad, mirad! ¡Es él, es Lungri, el Cazador de Ganado! ¡Mirad a Lungri el Cobarde! ¡Mirad, mirad!
Te limitas a avanzar sin mirar hacia arriba, tratando de conservar los miserables rastrojos que aún conservas de un orgullo que jamás llegó a estar completo. Tu figura, felina, distinguida y poderosa, se ve lastimeramente desmentida por los pequeños saltitos que tu pata torcida te obliga a dar al caminar. Naciste cojo, y el inmisericorde destino se encargó de obligarte a recordarlo a cada instante, como una broma cruel. Cuando tu madre te vio, sosteniéndote en pie a duras penas mientras tus hermanos ya corrían de un lado a otro, jugando a que mataban arrojándose sobre presas invisibles, decidió el nombre con el que cargarías durante el resto de tu existencia, como una pesada roca que te ataron sobre el lomo. Tú serías Lungri (El Cojo), y toda la selva recordaría tu deformidad, tu pata torcida, cada vez que pronunciaran ese nombre maldito. Tu propia madre...
De pronto, una lluvia de ramas, frutos e inmundicias cae sobre tu cuerpo, finalizando abruptamente tus pensamientos, y arrancándote un gemido de sorpresa y dolor. El pueblo de las ramas, aburrido de que sus insultos no alcancen tu alma endurecida, se ha decidido por pasar a un ataque más directo, arrojándote con sus manos negras y peludas cualquier objeto que puedan encontrar a su alcance. Sus aullidos ("Lungri, Lungri") llenan la jungla, arrastrados por la brisa nocturna para hablar de tu humillación a cualquiera que se detenga un instante a escuchar. Bajas la mirada, tratando de reprimir ese salvaje gruñido que te vibra en la garganta, hasta que una piedra grande, arrojada por un gibón especialmente fuerte, te golpea con dureza en el hocico. Entonces alzas la cabeza, y abriendo las mandíbulas más poderosas que el mundo haya conocido, alcanzas el mismo firmamento con un terrorífico rugido, grave, brutal y ardiente, que engulle como una bestia hambrienta hasta el último de los gritos de los monos.
-¡Lungri, Lungri! -aúllan de nuevo, cuando el rugido se debilita y cesa- ¡Perro que ladra, poco muerde! ¡Sube aquí arriba a por nosotros, Lungri! ¡Trepa al árbol con tu pata coja!
Pero los enloquecidos simios no parecen tan convencidos como en el instante anterior, y pasado apenas un momento, sus gritos se convierten en un agitado murmullo, y abandonan las ramas con presteza y en aterrado silencio. Ni por un instante tratas de engañarte a ti mismo pensando que huyen de ti. Avergonzado y herido con un millar de rasguños, te volteas con lentitud para saludar al rey de aquella tierra, el que ha puesto en desbandada a los monos.
-Akela... -dices, rogando porque el hambre no haya vuelto tu voz demasiado débil.
Akela es un gran lobo de color gris oscuro, líder indiscutible de la manada del Seeonee, cuyos ojos dorados te taladran desde la oscuridad de la noche como hogueras ardientes. Acompañado por cuatro de sus lugartenientes, te observa silencioso, valorándote, como si leyese en tu corazón. Esperas que te pregunte por qué motivo has osado invadir su territorio, pero hay algo en su mirada que te dice que, de algún modo, ya lo sabe.
-Lungri -dice por fin, y su voz es profunda y severa- rompes la Ley de la Selva al presentarte en mi territorio sin mi consentimiento, sin anunciarte siquiera, y seguido por los Bandar-Logs. ¿No hay reses que puedas robar a los humanos? ¿Vienes hasta mí para suplicarme restos de comida, como haría un chacal?
Humillado, obligado por el hambre atroz que te atenaza el estómago, y que se ha convertido a lo largo de los días en un dolor continuo y casi insoportable, asientes. Sí, sí, Akela, tengo hambre y necesito comer, quieres decirle. Roeré los huesos mondos si es necesario. Pero sólo asientes, incapaz de dejar escapar de entre tus garras el poco orgullo que todavía pueda quedarte.
-Al matar el ganado de los humanos, has provocado más problemas de los que sabrías contar. Persecuciones, trampas, buenos cazadores asesinados por las avispas de acero -responde Akela, y solo por un segundo, crees ver reflejado en sus ojos de oro un atisbo de tristeza. Pero un instante después, vuelve a ser el líder estoico e inconmovible, único señor de la manada. Quizá lo hayas imaginado-. No voy a darte nuestra carne, tigre, pues mucho nos costó lograrla. Aprende a cazar gamos.
No tienes fuerzas para discutir, y de todos modos, la decisión del líder lobo es irrevocable. Decides marcharte a la orilla del río, a esperar allí para morir de inanición. Los chillidos de "Lungri, Lungri" que vuelven a escucharse en las alturas te dicen, más allá de cualquier duda, que los monos han regresado para seguir atormentándote.
La sangre roja, fresca y húmeda, gotea dulcemente de tus mandíbulas, mientras devoras a grandes dentelladas el cuerpo despedazado que enrojece lentamente bajo tus letales garras. En la orilla del río encontraste una nueva presa, carne fresca para salvar tu vida. Carne del tipo más estrictamente prohibido por la Ley de esa Selva ingrata que nunca te ha otorgado su favor.
Das un nuevo bocado, y un espasmo de vigor y excitación te hace estremecer. De modo que esta es la terrible criatura que todos temen. De modo que estos son los dueños indiscutibles, el Miedo con mayúscula, esos extraños seres sin pelo a los que ningún animal puede mirar a los ojos. Y tú has desgarrado su cuerpo sin impedimento, has roto sus huesos con un solo mordisco, y ahora lo estás devorando sin que ninguna maldición ni extraño espíritu te lo recrimine. Y quizá lo más importante de todo es que has descubierto que el Hombre, al igual que las reses gordas que cría para trabajar en sus campos, es demasiado lento como para derrotar en carrera a un tigre que nació cojo. Mirando hacia abajo, hacia los restos sanguinolentos que aún duermen entre tus garras, te dices que no será este el último hombre al que matarás. Demostrarás a todos que tú no temes al Miedo, que tú eres el auténtico señor de la selva. Y te otorgarás a ti mismo un nuevo nombre, uno con el que llevas soñando desde que eras un cachorro.
-¡Decidnos quien sois, señor! -aúlla una voz en las alturas. Son los monos, que te han seguido, buscando continuar con su cruel juego. Los monos, que ahora te observan aterrorizados, inmóviles en sus ramas, estudiando la noble figura de aquel que ha matado al mayor asesino de la selva. Reverenciando con pánico indecible al Devorador de Hombres-. Os parecéis a Lungri el cojo, pero sois infinitamente más poderoso que él.
-Soy el Señor de los Tigres. Soy Shere Khan -respondes, con voz poderosa y ojos ardientes. Y tu rugido, terrible, salvaje y atroz, hace estremecerse a las mismísimas estrellas.




rekhar dijo
PD1: Por alguna razón, siempre acaban gustándome más los malos que los buenos de las historias que leo. Pobre Shere Khan T_T
PD2: Probablemente, a Crisp no le gustará este cuento, XD
25 Marzo 2009 | 06:36 PM