La Coctelera

Rekhar

27 Enero 2009

La historia de Rekhar (Capítulo 3.- Debilidad)

Una lágrima, solitaria y amarga, cayó al suelo cubierto de hierba enrojecida, perdiéndose en un charco espeso y escarlata.

 -Entonces, eres más débil de lo que pensaba.


Rekhar había alcanzado ya los nueve años de vida, y con ellos, la mayoría de edad. Cuando no cazaba en el bosque, ganando día tras día una mortífera precisión como arquero con la que trataba de compensar la macilenta debilidad de sus brazos verdosos, se acurrucaba en un rincón de la cabaña del viejo hechicero -la única del poblado- y se enfrascaba en el estudio de los antiguos tomos de secretos arcanos que el brujo había logrado ocultar de la ignorancia analfabeta de sus congéneres. Allí estaba ahora, bebiendo del saber de los ancestros con una sed insaciable, mientras el largo cabello azabache, sucio y desgreñado, le caía sobre la frente y los hombros sin llegar a molestarle, demasiado enfrascado en su búsqueda de tierras lejanas, criaturas exóticas y poderosa alquimia.

El más joven de los cazadores debía mucho al hechicero que, cruzado de brazos, le miraba. Había sido el brujo quien le había enseñado a leer y escribir (era el único trasgo, que él conociese, que tuviese tales conocimientos) y, más importante aún, le había enseñado a mentir, a usar la palabra para alcanzar sus propios fines, ocultos y secretos. Y Rekhar había demostrado una habilidad innata para la mentira, hasta tal punto que no había tardado demasiado en superar a su maestro. Era él quien preparaba ahora los impresionantes rituales, tan falsos como una moneda de oropel, para mantener el pueblo dominado bajo el puño de hierro de un intelecto superior. Como resultado, entre los trasgos se murmuraba que el brujo jamás había sido tan poderoso como lo era ahora. Y no obstante...

-Eres débil -dijo el hechicero, cruzado de brazos, taladrando al joven desde más allá de aquellos terribles ojos amarillentos que se empequeñecían bajo el ceño fruncido de su dueño.

-Lo sé -respondió Rekhar, alzando la mirada del libro que le ocupaba. Su siniestra sonrisa, igual que un tajo de puñal abierto en su cara, mostraba los minúsculos dientes amarillentos y afiladísimos que se ocultaban tras sus cuarteados labios verdes-. Lo sé, y no puedo evitarlo. Pero si nadie más lo sabe, nadie puede atacarme desde ese flanco.

-Yo también lo sé -dijo su maestro, con voz cortante y seca como un cuchillo aguzado.

-Pero tú no se lo dirás a nadie, anciano -respondió el joven cazador-. Porque yo sé muchas cosas de ti. Sé que no hay magia en el repicar de los cráneos putrefactos que cuelgan de tu bastón. Y sé que una sola flecha de mi carcaj podría atravesarte de parte a parte, si fuese necesario.

-Esa es una gran bravuconada. Y no me refería a eso, no tienes nada que temer de mí. Pero si yo lo sé, otros pueden averiguarlo. Nunca olvides quién fue tu padre. Nunca olvides a quién le gustaría verte muerto.


 -Te lo advertí -dijo el hechicero, cruzado de brazos ante el joven trasgo, que se acurrucaba en el suelo sin moverse ni emitir sonido alguno. Solo una lágrima había derramado, una lágrima en la que se condensaba el dolor, la rabia, la vergüenza, el miedo. Una lágrima que equivalía a un grito de furia y desesperación, una lágrima que le hacía desear tenderse en el suelo y quedarse quieto, muy quieto, hasta que la sed y el hambre le concedieran finalmente el descanso de la tumba. Solo una lágrima, que había caído en el más absoluto de los silencios, mezclándose con el charco de sangre que teñía indecentemente la hierba del suelo-. Deberías haber luchado contra tu especial debilidad, en lugar de aceptarla como hizo tu padre. Supongo que la has heredado de él.

El trasgo no contestó. Siguió inmóvil, caído, completamente derrotado, con la mente sumida en un extraño torbellino de jirones nebulosos que le impedía razonar. Quizá ni siquiera fuese capaz de escuchar las palabras de su viejo mentor.

-El corazón es para los elfos, Rekhar. Si te preocupas por los demás, te dañarán a través de ellos. Has tenido un poderoso enemigo desde el mismo momento de tu nacimiento, joven. Cierra tu corazón de elfo, rechaza tu debilidad. A ningún otro trasgo le hubiesen dañado de este modo.

El hechicero esperó durante unos instantes la respuesta de su pupilo, y finalmente, decidió marcharse a su cabaña, a comer algo. En realidad, no podía entender del todo lo que estaba ocurriendo. Al fin y al cabo, a diferencia de Rekhar, él no era débil. Él no tenía corazón.

El joven cazador se quedó solo, mientras el charco carmesí crecía y crecía, amenazando con bañarle por completo. Ante él, empalado en un árbol con una lanza de madera, el cadáver de su madre se desangraba lentamente bajo la luz rojiza del atardecer.

servido por rekhar 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Rekhar

Rekhar dijo

Hoy he salido de un examen, tengo otro pasado mañana, y yo me dedico a escribir historias. Luego me preguntan que por qué suspendo, XD

27 Enero 2009 | 09:08 PM

Crispina

Crispina dijo

Podrás poner la excusa cuando seas un famoso escritor, mientras tanto... ¡¡estudia!!
Yo me voy a escuchar música, y suspenderé Dº Administrativo, yuujuu!

Ah, la historia... mmmm... mola que tenga corazón, por lo de los conflictos internos y esas cosas.

Buena Caza!

28 Enero 2009 | 08:44 PM

Swi

Swi dijo

Y yo que pensé que era todo crueldad y estrategia en esa mente...

Por cierto, un poco gore el final :/ ¿no había una muerte mejor en tu imaginación?

9 Febrero 2009 | 06:57 PM

Rekhar

Rekhar dijo

Tiene que ser gore ^^. Los malos de esta historia no se andan con sutilezas

9 Febrero 2009 | 07:24 PM

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