La Coctelera

Rekhar

3 Diciembre 2008

La historia de Rekhar (Capítulo 2.- Alrededor de la hoguera)

-No aceptarán de buena gana a un cazador tan joven.

-¿Crees que no lo he pensado? No les quedará más alternativa.

-Tienes un plan.

-Siempre.


La noche era oscura como el plumaje de un cuervo, sin luna ni estrellas que la salpicaran de su pálida belleza. Una negrura que resultaba sofocante, pesada, para las dos docenas de trasgos temblorosos que se miraban nerviosamente entre sí, sentados en el gélido suelo del bosque mientras formaban un amplio círculo alrededor de una hoguera apagada. Todos ellos se mantenían en un silencio temeroso y sumiso, un silencio colmado de viejos mitos y supersticiones que se perdían en esa oscura inquietud que precedía al amanecer del mismo tiempo. Era una noche fría, terrible, en la que espíritus invisibles podían observar ocultos desde los árboles, clamando venganza por la sangre derramada hacía tan solo unas pocas horas, en las planicies. Sangre que aullaba desde las mismas entrañas de la tierra, pidiendo al cielo redención.

Una chispa surgida de la nada iluminó las sombras por un instante, y la hoguera respondió a su llamada, alzándose repentinamente como una gigantesca columna de fuego que pretendiese alcanzar el firmamento. Un murmullo de asombro ahogado recorrió la garganta de los trasgos, que observaban espantados a la figura que se recortaba, oscura, ante las llamas. Era el hechicero, cubierto de huesos y empapado en sangre, que bailaba al son de una música terrible, compuesta por el estremecedor ulular del viento y el salvaje crepitar de la madera ardiendo. Entre las manos enrojecidas sujetaba la enorme cabeza de un ciervo adulto, cuya majestuosa cornamenta parecía retorcerse bajo la luz danzarina de las llamas. Los trasgos que permanecían sentados temblaron de reverente pavor al sentirse reflejados en aquellos fríos ojos, vacíos y muertos, que desde las manos del brujo posaron su terrorífica mirada en cada uno de ellos.

-¿Quién de vosotros? -aulló el hechicero, sosteniendo en alto la cabeza del ciervo-. ¿Quién de vosotros ha matado a esta criatura? ¿Quién provoca la ira de los espíritus?

-Yo la he matado.

Uno de los trasgos más jóvenes se había levantado, manteniendo la cabeza alzada en actitud arrogante. Su cabello ensortijado y azabache reflejaba como un espejo de obsidiana la danzante luz de la hoguera, adquiriendo un misterioso color anaranjado. Sus ojos, que bajo la suave luz del día hubieran parecido brillantes piedras de ámbar, ardían ahora como brasas encendidas ante el baile de las llamas. En la apergaminada piel de su rostro aplastado, una media sonrisa se abría orgullosamente, como el corte sutil de un cuchillo afilado, dejando entrever unos minúsculos dientecillos terroríficamente agudos.

-¿Tú? -preguntó el hechicero, recorriendo con un poderoso salto la distancia que le separaba del trasgo que, aún en pie, lo desafiaba en silencio con la mirada. Abandonando su habitual postura de anciano venerable, encorvada y encogida, el brujo se alzó en toda su imponente estatura, alcanzando casi el metro y medio y dominando al orgulloso joven en más de dos cabezas de alzada. Sus ojos relampagueaban de cólera -¿tú, cachorro, has desafiado a los espíritus, hundiendo tu lanza en el corazón de una bestia salvaje?

-No he usado una lanza, ni tampoco una maza -respondió el acusado sin perder, ni siquiera por un instante, un ápice de su arrogante sonrisa. Una ahogada exclamación de incredulidad recorrió las gargantas de los trasgos que aún permanecían sentados, incapaces de comprender que un niño como aquel desafiase abiertamente al más poderoso brujo de la tribu. Pero allí seguía, en pie y altivo, los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos reluciendo en carmesí bajo las llamas-. Lo maté con arco y flecha, porque soy un cazador y estoy en mi derecho.

-¿Oís, espíritus de la noche? -clamó el hechicero, volviéndose hacia la monstruosa hoguera como si estuviese dialogando con el crepitar de las llamas-. ¡escuchadnos, fantasmas de los muertos, duendes de la sangre! Este cachorro se alardea de un título que vosotros debéis concederle. ¡Habladnos! ¿Otorgaréis a este trasgo el nombre de cazador?

Respondiendo presurosa a las palabras del hechicero, la hoguera chisporroteó y tembló, amenazando por un instante con apagarse, como si pretendiese evitar de ese modo la respuesta que se le exigía. Y de pronto, sin aviso previo, estalló en una ardiente explosión azul celeste que iluminó el bosque como un poderoso relámpago. Los trasgos se arrojaron de bruces, aterrorizados, aplastando la nariz contra el suelo en un intento de huir de la furia de los espíritus, e incluso el arrogante joven dio un paso atrás, protegiéndose el rostro de aquel atronador estallido que amenazaba con abrasarlo. Sólo el hechicero se mantuvo imperturbable, los brazos alzados al cielo, siendo devorado por aquella salvaje luminosidad.

Paulatinamente, la noche volvió a ser oscura. La hoguera, tras responder, había regresado a la gélida mudez de la negra leña apagada, entre la que apenas sí podían distinguirse algunas brasas que brillaban tímidamente bajo los troncos carbonizados. Ante ella, la figura del hechicero volvía a ser la de un anciano encorvado, caído de rodillas y aparentemente agotado. Respirando agitadamente y con dificultad, se volvió hacia la aterrada concurrencia y el asombrado trasgo joven, que esperaba sus palabras con los ojos muy abiertos y sin sonreír.

-Rekhar, hijo de Drikker, los espíritus te nombran cazador de la tribu. No falles en tu cometido.


-He de reconocer que tenías razón -dijo el hechicero, que desprovisto de huesos y sangre, resultaba mucho menos amenazador. Se afanaba en reordenar una multitud de saquillos, cuidadosamente organizados en una bolsa de piel de zorro, para incluir entre ellos la minúscula bolsita, levemente impregnada de un polvillo azulado, que se había visto forzado a utilizar para la ocasión-. Tu plan resultó, a nadie parece importarle la juventud de nuestro nuevo cazador tras el pequeño espectáculo de anoche.

-Lo sé. No quisiera decirte cómo hacer tu trabajo, pero...

-A decir verdad, me ayudaría mucho que lo hicieses. Me hago viejo, y un acólito tan astuto a mi lado me ayudaría a recobrar el control sobre la tribu que tuve antaño. Lástima que ya hayas elegido otro oficio.

Rekhar, con la espalda suavemente apoyada sobre la pared de piel de la choza del hechicero, aumentó levemente su siniestra sonrisa, esa sonrisa que parecía una fina herida abierta en su rostro con un cuchillo afilado.

-Sí, es una lástima -coincidió.

servido por rekhar 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Crispina

Crispina dijo

Mmmmm... mola, mola... ¿qué nos depara nuestro joven trasgo?

¿Ya sabes? Esperamos la continuación ^^

Buena Caza

3 Diciembre 2008 | 10:08 PM

sorrow

sorrow dijo

Genial, como siempre. Me encanta el primer párrafo en concreto.
Espero más! ^^

4 Diciembre 2008 | 06:39 PM

Hikaru

Hikaru dijo

Interesante... si... muy interesante... humm... ¿Y después? :p

6 Diciembre 2008 | 05:13 PM

Swi

Swi dijo

Vaya trolero... al menos ha colado ^^

8 Diciembre 2008 | 04:21 PM

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