La historia de Rekhar (Capítulo 1.- Tambores)
Tambores... tambores... más allá del umbral.
Los poderosos músculos del lobo se tensaron como resortes bajo la piel cálida y el pelo áspero y salvaje, al tiempo que un gruñido profundo, amenazante, vibraba en su garganta como una terrible señal de advertencia. Su instinto cazador parecía gritarle al oído, exigiéndole que se abalanzara contra aquella montaña de carne y hierro que se alzaba, arrogante, en medio del camino. Pero el animal lo ignoró, contentándose con seguir lanzando aquella especie de desafío que surgía de entre sus colmillos apretados. Esperaría a la señal de su jinete y entonces, solo entonces, atacaría.
Drikker, Jinete de Lobos, permanecía inmóvil sobre su más querida montura, acariciando inconscientemente, por costumbre, aquel pelaje áspero que parecía suavizarse al contacto con la familiar mano verdosa de su amo. El trasgo notó como el pulso se le aceleraba, a punto de estallarle en el pecho, indicándole que el momento del combate se acercaba con más y más rapidez. Por un segundo, el desbocado sonido de su propio corazón le recordó a los tambores que debían estar repiqueteando en aquel preciso instante, muy lejos de allí.
El hechicero, cubierto de pintura roja y extraños huesos, bailaba poseído por un feroz frenesí bajo la temblorosa luz de las antorchas. Al ritmo de los tambores, tambores que se escuchaban más allá del umbral. Imbuido por los tambores, tambores que ocultaban con su salvaje música los desgarradores gritos de la mujer.
-¡Lárgate de mi bosque! -respondió Drikker furioso, cerrando los dedos alrededor de la desgastada empuñadura de su puñal.
El brutal gigante que ocupaba el camino se limitó a sonreir con crueldad, dejando al descubierto sus enormes dientes de marfil, blancos y desiguales, semejantes a los colmillos de un monstruoso jabalí. Lentamente, de un modo casi meticuloso, tomó un terrible mangual de acero negro con su mano derecha, tan desproporcionadamente grande como parecía ser el resto de su cuerpo, y lo sacudió en el aire, como si fuese poco más que el sonajero de un bebé.
-Tu bosque -murmuró, y su voz sonaba como si la hubesen arrancado de las mismas entrañas de la Tierra- es mío ahora.
Se acabó la cháchara, pensó Drikker, y espoleando a su montura, se lanzó contra su oponente con un aullido de furia. Un ataque impropio de un trasgo, un ataque tan valeroso como suicida. Su último pensamiento, antes de que el mangual de su oponente hendiese el aire ante él, fue para esos tambores que nunca llegaría a oir.
Tambores, tambores que aumentaban en ritmo y fuerza, tambores que seguían el sonido desesperado de los gritos de dolor. Gritos, gritos que alcanzaban su instante más álgido, al tiempo que el hechicero seguía su baile enloquecido, bendiciendo aquel instante sacrosanto bajo la mirada de los antiguos dioses paganos. Tambores, tambores que clamaban al cielo, la tierra y el fuego. Música divina, tormenta llameante. Dolor y sangre para convertir la muerte en vida.
El monstruo de colmillos de jabalí observó, incrédulo, como aquel líquido rojo, espeso y pegajoso, caía como si fuese una lágrima a través de su mejilla, manchándole de rubí la armadura negra. Se llevó la enorme mano al lugar que antes había ocupado su ojo izquierdo, y palpó con nerviosismo, buscándolo. Pero solo el dolor y el vacío respondieron a su gesto.
Arqueándose de furia, se volvió al lugar en el que Drikker había caído, deleitándose al ver el cuerpo del trasgo apoyado contra un árbol, roto y retorcido por un millar de golpes, sufriendo una atroz agonía mientras su aliento se esforzaba por escapar de sus pulmones. El monstruo de colmillos de jabalí quiso esperar, disfrutando de cada instante de la agonía del Jinete de Lobos (la muerte de su montura, con la espalda partida contra un árbol, había sido demasiado rápida), pero su mirada se detuvo en el puñal, manchado de sangre, que el trasgo aún sujetaba. El puñal que le había costado un ojo.
Con un rugido salvaje, el monstruo alzó de nuevo su arma, dejándola caer sobre aquel muñeco estropeado que, por alguna razón, aún se aferraba a la vida.
Silencio. Con una última nota tensa, los tambores habían dejado de sonar. Ya no se escuchaban gritos, el hechicero no bailaba. Y por un instante, el mundo entero pareció sumirse en la paz más pura. Sólo por un instante, antes que el recién nacido, aún cubierto de sangre, empezó a llorar.
-Debes darle un nombre, mujer -dijo el hechicero, sosteniendo al pequeño entre sus manos verdosas.
-Rekhar -respondió ella, con el hilo del voz que ni el dolor ni el cansancio habían logrado aniquilar-. Su nombre es Rekhar, hijo de Drikker.
Drikker, Jinete de Lobos, Último Rebelde, Rey de las Tribus del Bosque de Garad, cerró los ojos, sin ser capaz si quiera de sentir el golpe que lo mataba. No pensó en su derrota. No pensó en que los suyos se convertirían en sirvientes, esclavos, o quizá algo peor, bajo las órdenes tiránicas de aquel monstruo que lo había asesinado. Ni siquiera pensó en su fiel lobo, que había dado su vida por defenderlo. No. Su último pensamiento, su único pensamiento, fue que jamás podría ver a su hijo.
Después, la oscuridad se lo llevó.




Nita dijo
Holaaa....¡¡¡¡WOW !!!!!!
Me ha encantado!!!
Y...como siempre; tu manera de expresarte y ambientar la historia que relatas...hace la lectura imaginativa, intensa...hummm!!!
Con ganas de leer más!!! jajajjaaa...!!!
pd: podrías ser el capitulo de una futura novela ?? xq me suena de alguna historia que tenías por ahí escrita..¬¬
Oh.. lo de novela es mucho decir!
No sé, pero.. muchas de las cosas que escribes podrían ser publicadas o.. al menos deberían!! =)
Sigue así!!! ;P
16 Noviembre 2008 | 06:54 PM