Olvido
Cuando la joven Glemsel Noah despertó, aquel día, sintió al instante una extraña sensación de vacío en su interior. Aún antes de desperezarse con suave desgana, como había hecho cada mañana al levantarse durante toda su vida, notó que algo fallaba, algo que se le escapaba de un modo que ni siquiera alcanzaba a comprender. Sus pies descalzos se posaron con delicadeza en el frío suelo, y la joven aguardó unos instantes, sentada en la cama, esperando a que se le aclarasen los pensamientos, y comprender qué era eso que le faltaba. Poco a poco, una luz comenzó a abrirse camino en su cerebro, anormalmente lento y vacío, hasta que Glemsel abrió mucho los ojos y se incorporó de golpe, sobresaltada, dejando caer al suelo las blancas sábanas que la habían cubierto y encaminándose, a toda prisa, hacia la puerta de la calle.
Abrió la puerta sin miramientos, dejando que golpease con fuerza contra la pared de la fachada, y sintió como el frío matinal que empezaba a desvanecerse, asesinado por los primeros rayos anaranjados del poderoso astro solar, le acariciaba el cuerpo desnudo. La joven miró a su alrededor, a los gargantuescos edificios rectangulares de acero y cristal que se alzaban, imponentes, por todos lados, compitiendo entre ellos por alcanzar la bóveda celeste. Contempló a otras personas que, como ella, daban vueltas sobre sí mismos, confusos, tratando de reconocer una silueta familiar en ese mundo que tan extraño les resultaba. Los ojos azules de Glemsel se empequeñecieron por un instante, al tiempo que la fría comprensión la apuñalaba, despiadada. Y entonces una risa desesperada, una risa aberrante e histérica, surgió a brobotones desiguales de su garganta, cuando finalmente entendió, con abrumadora certeza, qué era lo que le faltaba. Alguien le había robado sus recuerdos. Todos sus recuerdos.
Los recuerdos de todos.
-Ahora mismo, señor Kazuo, hay una cuestión que me preocupa todavía más -respondió Glemsel, sonriendo con timidez, mientras su voz descendía hasta convertirse en apenas un murmullo. Parecía absolutamente concentrada en remover el oscuro líquido que contenía su taza de té con una cucharilla metálica, pero sus mejillas se habían ruborizado casi imperceptiblemente, como las de una adolescente turbada.
-¿Y qué podría ser? -preguntó con sincera curiosidad aquel hombre de aspecto tan inusual. La joven no sabía que Kazuo debía esa piel tan extrañamente pálida y aquellos ojos rasgados (que tan abrumadoramente la hechizaban) a su ascendencia japonesa. Tampoco él mismo podría haberlo sabido. La humanidad había olvidado las etnias, su procedencia y sus diferencias, del mismo modo que había olvidado todo lo demás.
-La cuestión, señor, no es por qué olvidamos cuanto olvidamos... sino por qué recordamos lo que recordamos. Nuestro nombre, nuestro idioma, nuestra capacidad para leer y escribir ¿por qué no hemos olvidado también todas esas cosas?
Kazuo se frotó su barbilla, pensativo, mientras Glemsel le observaba con detenimiento. Aquella pregunta la había obsesionado desde el mismo día del Gran Olvido, pero, por alguna razón, cuando se encontraba cerca de aquel hombre de rasgos orientales, y sus encantadores ojos rasgados, le parecía mucho menos preocupante.
-¿Sí? ¿alguna novedad, Arnold?
-No lo vas a creer, Glem -respondió, entusiasmada, la voz levemente distorsionada del geólogo Arnold Sila desde el otro lado del auricular.
-¿Qué ha ocurrido? ¿habeis descubierto el funcionamiento de alguna otra máquina?
-No, es más emocionante que eso. Hemos descubierto que el mundo, en su totalidad, es artificial. Vivimos en un planeta... no, en una nave construida por una mano inteligente, Glem.
-¿Estás seguro de eso? -preguntó Glemsel, abrumada, sintiendo como la voz le temblaba ligeramente-. ¿Al cien por cien?
-Al cien por cien.
-Pero... ¿quién o qué pudo haber construido algo tan grande, Arnold?
-Es difícil de decir. Por aquí hay quien empieza a hablar de divinidades. Pero ¿y si fuimos nosotros, Glem? ¿y si lo construimos nosotros mismos, antes de olvidar?
Los pasos de Kazuo resonaron poderosamente en los gigantescos muros de la biblioteca. Glemsel sabía que era él, por su característico modo de caminar (uno-dos-tres uno-dos-tres), pero no alzó la mirada. Estaba demasiado enfrascada en la lectura.
-Deberías salir de este lugar, de cuando en cuando -dijo el hombre, después de besarla con suavidad en la mejilla-. Hay todo un mundo ahí fuera ¿sabes?
-Lo sé. Pero también hay todo un mundo aquí dentro. Aquí hay respuestas, Kazuo, hay respuestas a las preguntas que todos nos planteamos. Todos estos libros los escribió la humanidad antes de Olvidar. Son necesarios para entender quienes somos. ¿Sabías que, en la antigüedad, existían distintos idiomas?
-¿Distintos idiomas? ¿Quieres decir que la gente no se entendía?
-Eso mismo. Y he encontrado también referencias veladas a palabras que no entiendo. Kazuo... ¿tú sabes lo que era la guerra?
La expresión del hombre se turbó inmediatamente, casi como si le hubiesen golpeado físicamente. Sin embargo, tras unos segundos, negó tenuemente con la cabeza.
-Yo tampoco lo recuerdo. Sin embargo, también siento esa sensación oscura, ese miedo, al escuchar la palabra en voz alta. ¿Qué era la guerra? ¿tiene algo que ver con el Olvido?
Glemsel estaba acurrucada entre las sábanas, meditabunda, sin lograr conciliar el sueño. Habían pasado casi diez años desde el día del Olvido, y todavía no se había descubierto el funcionamiento de todas las máquinas que su extraño mundo artificial contenía (aunque era cierto que a muchos les importaba poco, porque la gran mayoría parecían funcionar solas). Una vez más se preguntó por qué la humanidad había olvidado, y esta vez, como en aquella ocasión hacía ya casi diez años, una luz se abrió camino, con lentitud, en su mente. Incorporándose, con los ojos muy abiertos, miró hacia Kazuo, que yacía medio dormido a su lado.
-¿Y si elegimos olvidar? -dijo en voz alta, hablando más consigo misma que con él-. ¿Y si el Olvido fue sólo una segunda oportunidad, un nuevo comienzo?
Glemsel se levantó, y comenzó a andar por la habitación, nerviosa y temblorosa, pero segura de haber encontrado la respuesta que llevaba diez años buscando.
-Dejamos todo preparado para sobrevivir tras nuestro Olvido. Máquinas que funcionan solas, para garantizar nuestra subsistencia. Grandes bibliotecas que contuviesen el saber de tiempos pasados. Por eso decidimos mantener intacta nuestra capacidad para leer, para no perderlo todo.
La mujer se apoyó en la pared metálica de su habitación, súbitamente turbada. No le cabía ninguna duda de que la misma humanidad había escogido olvidar su pasado, concederse a sí misma una segunda oportunidad para avanzar, para ser lo que debía haber sido, pero... ¿qué había ocurrido? ¿qué habían hecho los humanos que había sido tan terrible, como para necesitar olvidarlo? ¿que habían hecho para necesitar una segunda oportunidad?
¿Tenía quizá algo que ver con esa palabra... con esa guerra?
Glemsel siguió pensando, turbada y preocupada, mientras su mundo-nave artificial seguía orbitando, solitario y triste, alrededor de ese planeta oscuro, ese mundo estéril y sin vida que, en tiempos mejores, se había llamado La Tierra.




Crispina dijo
¡¡¡PERO QUE GRANDE ERES REKHAR!!!
Madre mía, madre mía, que relato, que argumento, que fluidez, que todo.... me encanta todo. ¡Originalidad pura!
Que gran idea lo del "Olvido", sin duda leería un libro con esa idea. Diomio, Rekhar, yo la registraba y todo.
Buena Caza!
Pd. el olvido....que grande
18 Abril 2008 | 08:10 PM