La Coctelera

Rekhar

30 Enero 2008

Agotamiento

El pesado pico ascendió una vez más, embadurnado de ese óxido rojizo que lo hacía asemejarse al tórrido sol, tan agobiante, grande y furioso, que parecía ocupar la misma totalidad del anaranjado firmamento. Los brazos del hombre que lo empuñaba temblaron, empapados en sudor, a punto de quebrarse por el peso de la herramienta que se había convertido en su torturadora.

El pico se estrelló de nuevo contra la piedra, quebrándola un poquito más, y por un segundo, el hombre tuvo que detenerse, seguro de que sería incapaz de asestar otro golpe. Gruesas gotas de sudor le arrasaban las mejillas como lágrimas, cayendo desde una frente herida por la sequedad y la fatiga. Los pulmones le ardían, las rodillas amenazaban con dejar de sostenerle en cualquier instante, el corazón le iba a estallar. Mes y medio había pasado en aquel lugar, enfrentándose a la dura piedra día tras día, bajo el mismo gigantesco sol, sin que un ápice de frescura o de viento le hubiese acariciado la piel quemada.

Tenía sed. Los labios cuarteados protegían una lengua demasiado seca e hinchada como para permitirle hablar con claridad. Tenía hambre, el rugido de su estómago se había convertido en un dolor constante y sordo. Las manos, magulladas y ensangrentadas, le temblaban como las de un ancianoy, por un instante, pensó en olvidarlo todo, arrojar el pico a un lado, y dejar que el capataz le matase de un tiro en la cabeza ¿qué importaba, de todos modos? Aquella noche, iba a morir.

-Vuelve al trabajo, rojo de mierda -susurró una voz a sus espaldas, y el cargador de una pistola se dejó escuchar con abrumadora claridad.

El hombre alzó de nuevo la pesada herramienta, con un grito ahogado de agotamiento y dolor raspándole la garganta reseca, y una vez más, enfrentó la metálica punta a la tozudez de la roca


Venus brillaba ya con su blanca luz en el oscurecido firmamento del anochecer, cuando el hombre pudo, finalmente, detenerse. Era la hora de la cena, y le sirvieron el mismo plato que había comido durante todo el tiempo que había pasado allí. La sardina, cruda y podrida, miraba con sus ojos blanquecinos el rostro macilento de quien iba a devorarla. Una agotada sonrisa asomó a sus labios cuando recordó que, el primer día que le habían servido un pez como aquel, maloliente, frío y solo en el pequeño plato de cerámica, lo había rechazado.

Tomó el pescado y le devoró ansioso, sin que su escasa carne calmase el rugiente dolor que clamaba de indignación en su estómago. La gente hablaba de los muertos. Uno había caído aquella misma mañana, de puro agotamiento. Y dos veces había resonado en la tarde la pistola del capataz, deteniendo para siempre el corazón de los que estaban demasiado cansados como para obedecer la orden de seguir picando.

-¿Tomás Ibáñez? -preguntó en ese instante la voz del regidor. El hombre se alzó con lentitud, y siguió los pasos de quien lo había llamado.

Aquella noche, iba a morir.


Le colocaron el mismo arnés de correas de cuero que le habían ceñido los dos días anteriores, y entre dos soldados, le ataron a la espalda una roca de gran tamaño, de esas que había a cientos para que los reclusos las redujeran a escombros. Después se marcharon, hablando animadamente, mientras le dejaban a él allí, en el patio, bajo las estrellas, con la única compañía de un soldado joven que empuñaba un cetme entre sus manos vigorosas.

Esta era la tercera y última noche de castigo. Un castigo cruel y sencillo, tendría que resistir toda la noche despierto y en pie, sin que aquel peso de su espalda le hiciera caer. Después de todo, el muchacho que habían apostado a su lado había recibido órdenes específicas de disparar si él se movía. Si resistía esta noche, de pie, con aquella roca colgada a la espalda, podría vivir. Pero era una esperanza inútil, estaba demasiado fatigado. Demasiado agotado. Tarde o temprano, iba a caer, y aquel soldado le llenaría el cuerpo reseco de plomo nacional.

Apenas había pasado media hora cuando el hombre se tambaleó, arrastrado por el peso de la roca y unas rodillas traidoras que se negaban a seguir sosteniéndolo. A duras penas mantuvo el equilibrio, pero aún faltaban más de cinco horas de noche, y era imposible que resistiese. Imposible.

-No me jodas, Tomás -dijo entonces el soldado, dando un paso hacia él. El hombre le miró. Era muy joven, dieciocho años, quizá. Tal vez veinte. Puede que ni siquiera fuese un profesional, y que no hubiese visto las atrocidades que se habían cometido sólo un año antes, en esa guerra entre hermanos que había sacudido el país. Quizá fuese sólo un chaval destinado en Melilla-. No me jodas. Te he visto dos noches aguantando esa piedra, no quiero tener que matarte.

Los ojos envejecidos prematuramente del hombre se clavaron en el joven, registrándolo de arriba a abajo. Vestía el uniforme nacional de quienes le habían llevado a aquel lugar, quienes le torturaban día a día haciéndole picar piedra hasta que sus brazos no resistían más y dándole sardina podrida para comer y cenar. Los habían enviado allí a morir por el crimen de haber combatido del bando perdedor. Y muchos ya habían muerto.

-¿Por qué estás aquí? -preguntó el muchacho, y el hombre supo que trataba de distraerle de su cansancio dándole conversación. Pero era inútil, su cuerpo estaba más allá del agotamiento.

-Por perder la guerra -respondió, con una voz tan rota como lo estaba su cuerpo.

-No, hombre. Me refiero aquí, en el patio ¿por qué te han castigado?

-Tenía hambre. Traté de cambiar mi ropa civil por unos higos, a un mercader. Me cogieron.

El soldado enmudeció ¿qué más podía decir? Aquella noche, iba a tener que matar a aquel hombre, por el delito de tratar de sobrevivir. El cetme le pesaba en el hombro como si fuese el pico que aquellos prisioneros de guerra alzaban día a día. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Ambos esperaron durante otra hora, uno junto a otro, en silencio, mientras los segundos se arrastraban lentamente, recreándose en torturar a aquella pareja abocada, cada uno a su modo, a una muerte que ninguno de ambos deseaban. De pronto, el cuerpo del hombre falló finalmente, y la roca tiró de él con ansia asesina. Cerró los ojos, sabiendo que pronto escucharía un último tiro, y que todo se sumiría en las tinieblas.

Pero unos brazos firmes lo sostuvieron en aquel instante, y el cetme del soldado cayó al suelo, sin vomitar su carga de muerte.

-Venga, levántate,cojones -dijo el joven soldado, ayudando, o casi arrastrando, a aquel hombre destrozado hasta el mástil de la bandera. Esa bandera roja y amarilla, rematada por la périfda silueta de un águila negra, que representaba todo aquello que el hombre había querido impedir-. No puedo dejar que te sientes, Tomás, pero puedes apoyarte en la bandera.

-Gracias -susurró la voz agotada, casi agonizante, del perdedor de la guerra.

-No me las des. Si aparece algún mandamás, a ti te matarán, y a mí me abrirán un consejo de guerra.

El hombre alzó la mirada, vidriosa, tan vieja y cansada como él mismo, y repitió el agradecimiento. El soldado no dijo más, sólo miró a otro lado, tratando de ocultar un rostro compungido. Y ambos esperaron a que la noche pasase, y el peligro de muerte con ella.


Tomás Ibáñez murió muchos años más tarde, rodeado de sus seres queridos. Nunca supo que iba a tener un nieto que llevaría su mismo nombre, en su honor.

Del soldado que le salvó la vida, nunca he sabido qué fue.

servido por rekhar 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Swi

Swi dijo

Gente buena la ha habido y la habrá siempre. Muy esperanzadora la historia, y tampoco te ha quedado tan larga ^^

31 Enero 2008 | 02:10 AM

Crispina

Crispina dijo

Aunque las dos españas se empeñan en matarse, hay que recordar que somos hermanos, y los hermanos se apoyan en los momentos dificiles. He tenido la suerte de escuchar muchas historias de este tipo, y por lo menos a mí me da esperanzas.

Simplemente preciosa ^^

Buena Caza

1 Febrero 2008 | 12:13 AM

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