Catarro y prejuicios
La radio vomitaba incansable los difuminados acordes de una guitarra eléctrica, y en el reloj titilaban las cuatro de la mañana. La película había durado demasiado, y yo, maldiciendo mi suerte por haberme acatarrado con la nochevieja tan cerca, iba tratando de mantener los ojos abiertos, ignorando un penetrante dolor de cabeza que se iba haciendo cada vez más fuerte conforme se pasaban los efectos del Frenadol.
"Estamos ya cerca de casa" pensé, al ver la rotonda que anuncia la entrada a mi pueblo. Quería cubrirme con las mantas y descansar, pensando en que quizá mañana me sentiría mejor. Tenía planeado irme a un pequeño pueblo, con los amigos, a pasar la nochevieja y comer las, como no, uvas de la suerte. Las uvas me importaban poco, pero la idea de pasar unos días con los amigos me resultaba cuanto menos atractiva, y estaba dispuesto a ir a aquel pueblecillo, con catarro o sin él.
La voz del caballero Vlad, sentado a los mandos del vehículo, se impuso entonces por encima de mis pensamientos y la radio.
-¿Llevais el cinturón puesto?
Abrí un ojo que se había cerrado involuntariamente, y miré hacia el frente. Un policía nos pedía que aparcásemos en el arcén, sacudiendo ese extraño aparejo que tanto me recuerda siempre a un sable láser. Suspiré, dándome cuenta que se iba a retrasar mi llegada a casa. Esperaba que el corpachón del policía entrase en cualquier momento por la ventanilla, con ese habitual "sople aquí, por favor". Pero en lugar de eso, una pequeña linterna que arrojaba indiferente una dura luz amarilla iluminó el interior del vehículo, cegándonos por un instante. Tras aquella desagradable luminosidad,alguien nos pedía documentación y permiso de conducir, y finalmente, que bajásemos del coche.
"Recuerda que sólo hacen su trabajo", me chillaba Sentido Común en algún lugar de mi interior, mientras yo trataba de ignorar el gélido ambiente. Hace frío a las cuatro de la mañana, y sumado a mi catarro, me encontré tiritando, diciéndome que las esperanzas de mejorar para el día siguiente se desvanecían a cada segundo que pasaba. Seguro que no era aquella la mejor situación para que mi cuerpo rechazase el invasor vírico que no dejaba de incordiarle. Y mientras Sentido Común me seguía gritando lo mismo, el resto de mí me decía que era más que probable que por culpa de aquel registro me perdiese la nochevieja.
Dos policías se internaron en el coche, buscando cualquier tipo de droga que pudiésemos llevar. Y cual no sería mi asombro, cuando vi que, tras detener otro vehículo por unos instantes, los compañeros de aquellos que husmeaban nuestros asientos lo dejaban marchar, sin echar más que un pequeño vistazo al interior con su linterna."Su trabajo, una mierda" me dije a mí mismo, acallando de golpe a Sentido Común, que me dio por perdido "¿qué pasa? ¿es que tengo que drogarme por llevar el pelo largo?". Sin dejar de tiritar, esperé pacientemente a que aquellos prejuiciosos señores diesen por concluida la búsqueda, lo que llevó mucho más tiempo de lo que yo hubiese supuesto, teniendo en cuenta que el coche era bastante pequeño. Supuse que podríamos marcharnos ya, pero no. Aún tenían que registrarnos a nosotros.
De pronto, me encontré describiendo cada artículo que llevaba en la cartera, desde el monedero hasta las llaves, pasando por un par de entradas arrugadas y un viejo carnet de academia que ni siquiera recordaba que tenía. Aunque respondía con educación, mi tono de voz era, involuntariamente, desafiante, y casi me asusté al comprender que el último "rebusque usted todo lo que quiera" había sonado más bien como un "no llevo absolutamente nada que te interese, gilipollas". El policía me miró mal, pero no dijo nada, y yo casi suspiré aliviado. Lo último que quería es que me hicieran perder aún más tiempo.
Finalmente, tras detener otro coche más y dejarlo pasar también, casi sin mirar, porque no sonaba en él música heavy ni sus ocupantes tenían el pelo largo y "mala pinta", nos dejaron continuar. No dejé de tiritar de frío y malestar hasta que llegué a mi casa y me cubrí finalmente con las gruesas sábanas, notando un redoble de tambores en el interior del cráneo.
Cuando me he despertado esta mañana, me encontraba fatal. El Frenadol me ha ayudado un poco (sólo un poco) y a estas horas, ya he sido capaz de sentarme a escribir. Pero ¿sabe qué, señor policía? Mis amigos son más importantes que usted, y también más importante que este catarro. Y he decidido que no me voy a quedar sin nochevieja con mi gente, sólo porque usted me hiciese pasar media hora bajo las estrellas. Escudado de Frenadoles y caramelos para la tos, trataré de disfrutar de la fiesta que usted quiso arrebatarme. Y las estúpidas uvas de la suerte, que siempre acaban por atragantarme, me las tomaré en su honor.
Brindo, damas y caballeros, por el fin de los prejuicios.



Never dijo
Yo tomo los gajos de mandarina de la suerte (son de la suerte porque lo digo yo, vale?)
Es curioso también ver cómo te tratan en una tienda según tu aspecto. Si llevas camiseta, vaqueros y zapatillas de deporte, en vez de una camisa, falda y tacones... es que no tienes dinero ni categoría para comprar allí. Así que en vez de ser agradables y ofrecerme un buen servicio, son cortantes esperando que decida dejar de preguntar y me largue. (Que qué tipo de tiendas frecuento yo? tengo familiares muy pijos a los que hacerles regalos, simplemente)
Brindo contigo, amigo trasgo.
Que te mejores pronto y puedas disfrutar con tus amigos^^
30 Diciembre 2007 | 04:56 PM