Hoy sin bromas
Hoy me siento mal. Me siento mal por multitud de cosas. Me siento mal por el tenso clima que siempre hay en mi familia. Me siento mal por los parásitos humanos que han rondado a mi alrededor estos días. Me siento mal por la incompetencia de quien sea que decide qué farmacias se quedan de guardia en la zona. Pero algo supera a las demás.
Mi abuelo se muere.
Se muere poco a poco. Su corazón se ha cansado de latir, y ahora desfallece. De vez en cuando decide detenerse, y entonces todos corremos y chillamos, y tratamos de reanimarlo para que siga trabajando. Pero un día no habrá nada que podamos hacer, y todo habrá acabado. Por eso me siento mal.
Me siento mal porque nunca me he llevado bien con mi abuelo. Es un hombre distante, frío y terco, una persona con la que resulta difícil hablar. Pero toda su vida ha sido un hombre fuerte. Cuando su familia perdió todo lo que tenía, tras la guerra civil, fue él, siendo apenas un crío, quien sacó adelante las cosas. Con nueve años caminaba catorce horas al día, tirando de un carro, y cuidando de que un burro tan terco como él no decidiera desviarse del camino.
Ha sido agricultor durante toda su vida, hasta que una espalda demasiado curvada por la vejez y un corazón que empezaba a quejarsede tanto sudar le impidieron continuar. Y aun entonces, postrado en un sillón, frente a un televisor que hacía cuanto estaba en su mano por idiotizarlo, cualquiera que lo mirara podía ver esa fuerza, y esa furia que le embriagaba por no ser capaz de seguir trabajando.
Esta mañana le he visto, y casi no le he reconocido. Tumbado en la cama, sus ojos hundidos me han mirado, desprovistos de frialdad o terquedad. Unos ojos cansados, tan cansados como una mano temblorosa, tan cansados como un corazón que se niega a continuar. No he llorado, hace mucho que no lloro, pero juro que hubiese querido hacerlo. Él me ha sonreído. No recuerdo que nunca antes me hubiera sonreído.
-No te preocupes –me ha dicho, y su voz sonaba ausente y alienada, como si no fuese del todo él-. No te preocupes. Cuando me muera, me iré a un lugar mejor.
Mi abuelo nunca ha temido a la muerte. Cosas extrañas le pasaron cuando era joven, y cree a pies juntillas que hay vida más allá de la muerte. Pero yo no lo creo. Debería ayudarme que mi abuelo sea feliz, que no tenga miedo, pero no lo hace. Sólo puedo pensar en que ese hombre fuerte va a morir por haberse esforzado demasiado en darle una vida a su familia.
A veces, me gustaría ser creyente.




sweetcatpaws dijo
Lo siento por tu abuelo, para empezar, pero por lo menos vivió muchas cosas y va ha dejar una vida con sentido y se puede despedir. No sé como se debe sentir al pensar que una persona querida se va a ir sin remedio y que simplemente va a desaparecer, que no va a ir a ningún sitio mejor, pero aún así es tonto torturarse por eso, porque es inevitable.
4 Noviembre 2007 | 10:19 PM