Una simple línea azul
Un centenar de estandartes ondeaban bajo el sol del atardecer, alzándose sobre una multitud de plebeyos que cantaban, a voz en grito y desafiantes, que su nación había sido conquistada por un inmerecido vencedor. Aullaban que el Rey no era su Rey, que aquel era un reino ganado por las armas y no por el corazón. Querían, al fin y al cabo, volver a ser independientes.
El trasgo caminaba, agachado, cerca de aquellos estandartes rojos y dorados, que parecían llamear furiosos. No creía en ellos. Al trasgo no le importaban las disputas fronterizas, ni tampoco los reyes ni los reinos. Para su mente sencilla, una frontera no era más que una línea que alguien había dibujado en un mapa, importante sólo para quien le quisiera dar importancia, pero completamente inexistente en la realidad. Aquellas gentes, sin embargo, volcaban su existencia en aquellas líneas, según ellos mal trazadas. Y así lo decían.
-No volem ser una regió –chilló una mujer de voz aguda, pero potente, alzando el estandarte por encima de sus cabellos rubios-. No volem ser un país ocupat. Volem independencia.
-No parlem el vostre idioma –dijo otro, un hombre corpulento de barba rala, que acompañaba a la mujer de cerca-. No som els vostres esclaus.
El trasgo pensó en escabullirse. Al fin y al cabo, ni siquiera sabía qué hacía allí. El aburrimiento y la curiosidad no siempre son buenos consejeros, se dijo, y algo le decía que aquello no iba a acabar bien.
No tuvo que esperar mucho para que el tiempo le diese la razón. En el camino aparecieron de pronto más personas, elevando otros estandartes, tan parecidos a los primeros que eran casi iguales. Sólo una línea azul los diferenciaba. Una simple línea azul. Empezaron a escucharse gritos, y en seguida, insultos. Hombres y mujeres rugían con la furia de un mar embravecido, aullando protestas y maldiciones.
Una simple línea azul.
Un trazo de distinto color en un pedazo de tela era lo único que diferenciaba a aquellas personas. Aquella gente que estaba dispuesta a morir por aquel color. Y lo que era infinitamente peor, aquella gente que estaba dispuesta a matar por aquel color. Por cambiar el nombre de una frontera. Al trasgo le pareció muy triste ¿tan importante era un dibujo en un papel?
Un insulto en voz demasiado alta fue el definitivo. El trasgo nunca supo cual de las dos facciones enfrentadas dio el primer golpe, pero de pronto, alguien cayó el suelo, algo se rompió, y ya nadie supo que pasaba. Los soldados se interpusieron entre la gente del pueblo, hermanos, amigos, familia, que se golpeaban entre sí como poseídos por algún diablo. El trasgo se marchó de allí. Tanto odio era difícil de soportar.




Crispina dijo
¿La independencia de la nación o del estado?
Siempre he creido que en un mismo estado pueden coexistir distintas naciones en paz... pero queda tanto para el entendimiento.
Como siempre muy bien escrito.
Un bss
10 Octubre 2007 | 06:17 PM