La Coctelera

Rekhar

11 Marzo 2007

Viejas leyendas

La espada describió un arco letal de necesidad, separando la cabeza del cuerpo del guerrero, que se desplomó a sus pies. Pasaron unos segundos antes de que comenzara a brotar la sangre, pero instantáneamente, el rojo charco de vida arrebatada se extendió por el suelo como agua, empapando las botas metálicas de su asesino.

El caballero victorioso alzó el rostro, pero no había victoria en su semblante. Sólo cansancio, sangre, furia y desesperación. Su cabello rubio estaba revuelto, y caía enmarañado por el polvo y el sudor sobre un rostro anguloso e irremediablemente atrayente. Doce hombres buenos habían muerto hoy por seguir las órdenes de un rey enloquecido por el dolor. Y había sido él quien había acabado con los doce, segando sus vidas como la mismísima Parca encarnada.

Y todo por ella. Ella, quien permanecía atada e indefensa sobre un montículo de leña preparada ya para arder, las mejillas arrasadas por las lágrimas y unos ojos azules en los que se combinaban terror y esperanza. Ella, más bella que ninguna otra incluso ahora, sucia, despeinada y humillada. El caballero alzó su espada, saciada ya de sangre inocente, y sin palabras, retó a quien quisiera comprender a que se atrevieran a detenerlo. Iba a liberar a aquella mujer, y lo haría aunque tuviera que teñir el suelo con la sangre de otros diez, veinte o cien rivales.

-¿No queda nadie en Camelot que pueda detener a un traidor? –dijo entonces una voz amarga y envejecida a sus espaldas. El caballero había temido este encuentro más que ningún otro, y rogó a Dios, al diablo y a quien le escuchara, que su más viejo amigo no pensara luchar contra él. Porque entonces, no tendría más opción que acabar con su vida.

-Un traidor que os ama, Majestad –susurró el caballero, con la voz entrecortada por el cansancio y el dolor. El noble rey que había conocido había desaparecido, dejando en su lugar a un hombre envejecido prematuramente, de ojos hundidos y cabello canoso. El caballero se mordió los labios al comprender que en su mayor parte, aquel cambio era por su causa, sintiendo que la culpabilidad le roía las entrañas como un inmisericorde parásito. No le sorprendió descubrir que su propia sangre le impregnaba el mentón, aunque nadie le hubiese herido. Se mordía los labios con fuerza-. Pero no puedo permitir que prendáis la leña que yace a los pies de esta mujer.

-Esa mujer merece la muerte.

-¡Ginebra es vuestra esposa! –rugió el caballero, dando un paso hacia su rey-. Volcad la culpa en mí, desafiadme, atacadme, matadme si es que sois lo bastante diestro. Pero perdonadle la vida a ella.

Pero sus palabras no conmovieron al rey, y el mismo odio impasible, profundo y persistente seguía habitando en la firme mirada de sus ojos pálidos. Aquel hombre había sido su amigo. El mejor y más antiguo de sus amigos, ahora que Merlín había partido para no volver jamás. ¿Cómo había podido traicionarle de aquel modo? ¿cómo había podido aquel diablo engañarle así, arrebatándole todo vestigio de nobleza y honor que hubiese poseído en tiempos pasados? ¿cómo había podido robarle el amor de su mujer?

-Parece que no hay hombre en Camelot capaz de detenerte –susurró Arturo, y un odio frío impregnaba cada palabra como si fuera veneno-. Huye con esa ramera, marchaos de aquí y fornicad bajo un árbol como animales si es lo que tanto ansiáis. Pero juro por Dios y los arcángeles que no bien hayas puesto un pie fuera de mi castillo, haré llamar a todos los caballeros de sus distintas gestas, y partiremos para darte caza. Y no dormiré hasta que te vea muerto.

-Majestad –respondió Lancelot, con una elaborada reverencia-, me hago cargo.

Dio unos pasos atrás, como dictaba la tradición, y finalmente le volvió la espada a su rey y marchó corriendo hacia la pira de leña donde se hallaba su amada, cortando sus ataduras con un tajo de su espada. No pronunció ninguna absurda pregunta, no tenía demasiado tiempo. Tan sólo pasó el brazo de Ginebra por encima de su hombro para ayudarla a caminar, sabiendo que la heriría en el orgullo que la llevase en brazos, y avanzó pausadamente hacia las grandes puertas de Camelot, sintiendo la mirada del Rey Arturo clavada en su espalda, más dolorosa para él que cualquier daga. Ginebra trataba de contener las lágrimas, pero el horror y la felicidad se combinaban en su corazón de un modo que nunca había conocido, y se olvidó de interpretar su papel de reina. Pero le sorprendió darse cuenta de que no era la única que lloraba. Los ojos de Lancelot brillaban de llanto contenido.

Un último caballero se interpuso entre la puerta y ellos, sin poder o querer comprender las palabras de Arturo. Lancelot lo mató rápidamente de una estocada firme que le atravesó la armadura y el pecho, y siguió avanzando. La libertad estaba próxima.

-Adiós, padre –dijo una voz a su lado.

-Adiós, Galahad –respondió Lancelot, sin volverse a él. Decían que Galahad, el hijo que había nacido de su relación con una atractiva mujer que jamás había amado, era el caballero de más puro corazón que hubiera pisado el mundo desde que San Miguel atravesara la garganta del mismo diablo. Lancelot se preguntó qué querría decir eso. ¿Intentaría detenerlo por haber quebrantado los mandamientos? ¿o lo dejaría seguir para que salvara la vida de una mujer? Algo le decía que el propio Galahad se estaba preguntando lo mismo-. Si vas a desenfundar tu espada, he de avisarte que no me contendré porque seas mi hijo. Hoy me he condenado al infierno y he derramado tanta sangre que nunca la podré olvidar. Un poco más de tormento no va a detenerme.

-No te tengo miedo, padre –replicó Galahad-. Tras lo que has hecho, eres tú quien debes de temer a la muerte, no yo.

Lancelot únicamente sonrió. Era la respuesta que esperaba. Galahad no se interpondría en su camino.

Los dos amantes atravesaron las puertas de Camelot, alcanzando la libertad al fin. Lancelot se preguntó cómo era posible que aquel castillo que antaño había representado la paz, la prosperidad y el progreso del mundo civilizado se hubiera convertido para él en la promesa de la muerte.

-¿Huiremos siempre? –le preguntó Ginebra, todavía apoyada en él. Parecía que ella había estado pensando exactamente lo mismo.
-Sí, huiremos siempre –respondió Lancelot, con un suave beso-. Pero huiremos juntos.

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10 comentarios · Escribe aquí tu comentario

never

never dijo

Sabía que merecería la pena leerte cuando quise instarte para que te hicieras un blog.

(podrías separar más los parrafos? me cuesta leer así)

12 Marzo 2007 | 03:53 PM

rekhar

rekhar dijo

Anotada la sugerencia ^^

Y gracias por el comentario, me vas a sonrojar

12 Marzo 2007 | 05:51 PM

elwe

elwe dijo

Bueno, he decidido escribirte en este artículo no porque los otros no me gusten, sino porque si tuviera que escribir en todas las historias que me han gustado, te llenaría el blog. Realmente tienes talento para esto, me encantan todas, si algún día escribes un libro, te prometo que lo leeré, o al menos me conformaré con leer todas tus cortas historias. Sólo se pueden definir con una palabra: geniales.

7 Abril 2007 | 11:48 AM

rekhar

rekhar dijo

Muchísimas gracias, Elwe. Me has animado el día, jaja. Oh, y tengo un libro en proceso, pero las divagaciones de mi cerebro dificultan su continuidad. Lo completaré algún día, lo prometo.

10 Abril 2007 | 05:50 PM

Brissa

Brissa dijo

Eso del libro en proceso no me lo habías dicho....
No está mal. Pero prefiero otras que has escrito, como la de la chica que se perseguía a ella misma :D
Me gusta como escribes ;)

11 Abril 2007 | 02:43 AM

ileana

ileana dijo

bola de pendejos ;D

14 Noviembre 2007 | 04:43 AM

larisa

larisa dijo

noooo sirven paraaa ndaaa

10 Diciembre 2008 | 12:40 AM

larisa

larisa dijo

NOOOOsirven esas cosas ndaaa ke ver esoo keee

10 Diciembre 2008 | 12:42 AM

erika

erika dijo

pongan mas informacion en todas las cosas
LOS KIERO BYEEEEEEE

31 Marzo 2009 | 04:41 AM

never

never dijo

o.0

31 Marzo 2009 | 04:52 AM

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