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Economíathe-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thingRekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/11/15/un-peluche-rekharUn peluche para Rekhar2009-11-15T22:53:18+00:002009-11-18T16:41:54+00:00
<p><img class="imgcen" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/Rekhar-1.jpg" alt="" width="412" height="388" /></p>
<p> </p>
<p>Gracias, señorita Berks. Por todo ^^</p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/08/09/magneto-testamentMagneto Testament2009-08-09T12:36:22+00:002009-08-14T00:54:31+00:00
<p><em>Mi nombre es Max Eisenhardt. He sido un Sonderkomando en Auschwitz durante casi dos años, y he visto miles de hombres, mujeres y niños ir hacia su muerte. He sacado sus cuerpos de la cámara de gas, les he arrancado los dientes para que los alemanes les quitaran el oro, y les he llevado hasta los hornos, donde he aprendido a combinar el cuerpo de un niño con el de un anciano para que ardiesen mejor. </em></p>
<p><em>He visto a mi compañero morir enterrado bajo una avalancha de cuerpos putrefactos. </em></p>
<p><em>He visto miles de cadáveres arder en fosas.</em></p>
<p><em>He visto, con mis propios ojos, al menos un cuarto de millón de humanos muertos...</em></p>
<p><em>...y no he podido salvar a ninguno.</em></p>
<hr />
<p>MAGNETO TESTAMENT nos cuenta la infancia de Max Eisenhardt (¡al fin conocemos el auténtico nombre de Magneto!), un niño alemán de etnia judía que tuvo la desgracia de nacer poco antes de uno de los momentos más nefastos de la historia de la humanidad. A través de sus páginas, presenciamos impotentes el transcurso de los sucesos que dieron forma al Holocausto, desde la Kristallnacht (la Noche de los Cristales Rotos) hasta los hornos de Auschwitz; o vemos como los Panzers nazis se enfrentan a las caballerías de Polonia. Y entre el horror y la confusión de una era que jamás debería haber existido, nos encontramos con la historia de amor entre Max y una joven gitana, llamada Magda, floreciendo tras las alambradas de los campos de concentración.</p>
<p><img class="imgcen" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/Magneto-Testament.jpg" alt="" width="395" height="667" /></p>
<p>Quizá sea por la implacable veracidad histórica con la que el cómic nos muestra cada uno de los momentos más terribles del Holocausto, hablándonos de años, fechas y cifras. Quizá por ese collar de hojalata. Quizá porque el metal brilla en mitad de la oscuridad cada vez que Max lo toca.</p>
<p>Quizá por esas balas que se detienen.</p>
<p>En cualquier caso, este es, sin duda, uno de los mejores cómics que he leído en mi vida, y el mejor desde hace mucho tiempo. </p>
<hr />
<p> <em>Decid a todo el que escuche, decid a todo el que no lo haga. Por favor.</em></p>
<p><em>No dejéis que esto vuelva a suceder.</em></p>
<p class="aright"><em>Max Eisenhardt, Auschwitz, 1944</em></p>
<p> </p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/06/26/autobiografia-lectoraAutobiografía Lectora2009-06-26T15:17:25+00:002009-07-02T15:03:15+00:00
<p class="acenter"> "<em>Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido</em>."</p>
<p class="aright"><em>Michael Ende, La Historia Interminable</em></p>
<p class="aright"> </p>
<p> Entre las imágenes evocadas por los primeros recuerdos neblinosos de mi más remota infancia puedo ver la silueta desgastada de un libro viejo que descansaba sobre la mesita de noche de mi madre. Recuerdo la misteriosa sensación que me producía la imagen de su portada, una épica ilustración en la que se alzaba poderosamente un monstruoso gigante que sostenía una colosal roca entre sus fuertes manos. El cabello, ensortijado y grasiento, le caía sobre el rostro, así que sus rasgos quedaban fuera de mi alcance. Y yo me preguntaba qué clase de semblante podía poseer aquella bestial criatura, por qué alzaba aquella piedra, o quién viajaba en aquel barco que, apresuradamente, se alejaba de él.</p>
<p> Otros muchos recuerdos se han borrado con el paso del tiempo, perdiéndose en ese vacío negro y terrible que llamamos olvido. No recuerdo cual fue el primer libro que leí, ni la edad que tenía cuando lo hice. Pero sí sé la razón por la que leía, la razón por la que sigo leyendo. Y es que, como a Bastian, la vida me parecía (y me parece) vacía y sin sentido sin los libros. Porque la vida, más allá de las páginas escritas, era gris y monótona, una vida que se arrastraba lentamente día tras día, sin que nada nuevo se atreviese a ocurrir, sin que ninguna aventura emocionante apareciese tras una esquina. Supongo que, por ello, siempre me han atraído especialmente los libros de fantasía. Porque, para huir de la monotonía, no hay nada como la imaginación ilimitada. Si quieres realidad, dicen, mira por la ventana.</p>
<p> -Yo estoy leyendo un libro que se llama <em>El hobbit -</em>dijo cierta amiga, con su voz infantil, aguda y chillona<em>-</em>... pero bueno ¿sabes tú lo que es un hobbit?</p>
<p> Fue esa sencilla frase la que cambió para siempre mi relación con la lectura. <em>El Señor de los Anillos</em> se extendía, a través de sus tres partes, durante más de mil quinientas páginas, y yo tenía nueve años. Fue una de las pruebas más difíciles que jamás haya tenido que superar. Pero cuando logré finalizarlo, tras mi arduo combate contra sus páginas, sentí que me encontraba ante el mejor libro que hubiese leído hasta entonces. Sin embargo, eso sí, su lectura trajo consigo una inesperada consecuencia: a partir de ese instante, cada libro de fantasía que leía o releía me parecía poco más que un plagio. De pronto (y durante bastante tiempo), la fantasía había dejado de cumplir el papel que yo necesitaba. Ya no me resultaba excitante, ya no llenaba los vacíos de mi vida. Para mí, se había vuelto monótona.</p>
<p> Supongo que fue entonces cuando extendí mis miras. De la fantasía pasé a todos aquellos libros que se alejaran lo suficiente de la realidad como para alimentar mi ansia de aventura. <em>Las aventuras de Sherlock Holmes, Veinte mil leguas de viaje submarino, La Odisea </em>(que me trajo el grato recuerdo de un gigante que sostenía una enorme roca), <em>Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Frankenstein</em>... me bebí con deleite cada uno de ellos, saboreando cada palabra. Pero si tuviese que destacar uno, solo uno, de todas aquellas obras maestras que cayeron en mis manos en esa época de expansión lectora, tendría que decantarme, sin duda alguna, por <em>La isla del tesoro</em>. Mi adoradísima isla, que todavía hoy ocupa una posición preferencial en el estante superior de mi estantería. </p>
<p> En aquel momento, apareció en mi vida la segunda piedra angular que cambió de nuevo mi relación con la palabra escrita. Irremediablemente atraído hacia la ciencia-ficción por la obra de Julio Verne, no pasó mucho tiempo antes de que oyese hablar de un estrambótico ruso llamado Isaac Asimov. Fue su <em>Fundación </em>la que lo convirtió, desde entonces y hasta el momento presente, en mi escritor favorito. El duelo entre la inteligencia y la fuerza que Asimov planteaba en sus obras iba mucho más allá de ese enfrentamiento clásico de la mente brillante contra el monstruo fornido y bobalicón, que creía que un pájaro era una piedra o que acusaba a un tal Nadie de haberlo engañado. La fuerza de Asimov no era bobalicona, era militarista, astuta y estratega, prácticamente imparable y monstruosamente decidida. Y pese a todo, la inteligencia seguía derrotándola. La desdeñosa frase de Salvor Hardin ante el cadáver de su oponente todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo.</p>
<p> Desde entonces, he leído mucho de la obra de Asimov, y también de muchos otros autores. La fantasía se ha abierto de nuevo un hueco en mi vida (era ya un adulto cuando leí, por primera vez, <em>Las Crónicas de Narnia</em>), y debo decir que en más de una ocasión lo he dejado todo (trabajos, estudios, viajes, lo que sea) para acurrucarme en un rincón de una biblioteca y sumergirme de nuevo en un mundo aparte, un mundo de tinta y letras que se convierte en mucho más en algún lugar de mi imaginación. Pero sigo sin lograr disfrutar de las novelas realistas, aunque ya no huya de ellas. Si quieres realidad...</p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/05/01/fanficFanfic2009-05-01T18:22:46+00:002009-06-30T16:55:44+00:00
<p>NOTA IMPORTANTE: esta historia se me ocurrió a las tres y media de la tarde, en el asiento de un autobús, en un estado de duermevela, y con el sol golpeándome con dureza en los ojos. Por ello, es totalmente absurda, (quedáis avisados desde el momento presente). Si queréis seguir leyendo, es vuestra responsabilidad, no la mía ^^</p>
<hr />
<p>La joven avanzó otro paso, cautelosamente, dejando atrás la protección de la casi impenetrable oscuridad que se extendía como una terrorífica plaga entre los suburbios de la antigua metrópolis. Ahora, más allá de la sombra arrojada por los edificios en ruinas, se encontraba abrumadoramente sola, de pie y perfectamente visible en un desierto de ladrillo y polvo que resultaba aún más tétrico en aquella especie de penumbra quejumbrosa que lo envolvía todo, la única luz natural que les había dejado el viejo Sol, como regalo de despedida, antes de ocultarse definitivamente hacía ya demasiados años.</p>
<p>-No, no completamente sola -masculló para sí, acariciando casi inconscientemente el frío metal de su vetusto y cansado rifle SPR. No caería, no sin luchar. A menos, claro, que hubiese un francotirador apostado en algún lugar de las cercanías. La idea de morir triste y silenciosamente, expirando su último aliento antes de comprender qué la había alcanzado, hizo que una sensación de temor crudo le recorriese la espalda como una ráfaga de gélido viento. Sintió los dedos ligeramente agarrotados cuando golpeó con rudeza el lóbulo de su oreja, activando la radio que el cirujano Syzlak le había implantado hacía ahora tres años. El familiar sonido de la zumbante estática y el ruido blanco tuvieron inmediatamente un efecto tranquilizador, y la suave voz femenina que esperaba al otro lado, distorsionada pero perfectamente audible, pronto disipó sus últimos nervios, permitiéndole de nuevo razonar con la frialdad que la caracterizaba.</p>
<p>-¿Hay algún problema? -preguntó la Voz de la Radio, con tono de franca preocupación.</p>
<p>-Sí, hay un problema -respondió la joven, con un murmullo casi inaudible-. El terreno está demasiado despejado, necesito una ruta con cobertura, o soy carne muerta.</p>
<p>-¿Así que la zona Este se derrumbó realmente? Bien, dame siete segundos -la Voz se silenció por unos instantes, mientras el sonido de un rapidísimo teclear se sobreponía a los ruidos de la estática. No había transcurrido aún el tiempo solicitado, cuando la Voz habló de nuevo-. Debería haber una entrada a la antigua red de alcantarillado, a... setenta y ocho metros al noroeste de tu posición actual. Quizá también haya sido derruida, pero no lo creo. Tengo por aquí algunos informes que me hacen pensar que en esos túneles habitan Carroñeros.</p>
<p>-Mierda de Carroñeros -escupió la joven.</p>
<p>-A nadie nos gustan los Carroñeros, hermanita, pero los túneles en los que viven están siempre en buen estado. Es tu mejor oportunidad.</p>
<p>-Mierda de Carroñeros -repitió, desconectando la radio antes de que la Voz pudiese desearle suerte, como siempre hacía. Como si la suerte tuviese algo que ver en su trabajo, se dijo, mientras echaba a correr hacia la entrada de la alcantarilla.</p>
<hr />
<p>-Mierda de Carroñeros.</p>
<p>La joven mantuvo el gatillo apretado durante unos segundos más, hasta conseguir que la cabeza de la última de aquellas criaturas infrahumanas estallase como un globo demasiado hinchado, salpicándolo todo de sangre y una materia viscosa y gris que, suponía, sería el equivalente a su cerebro. Hacía tiempo que aquellos seres se habían retirado a las alcantarillas, subsistiendo gracias a las sobras que la élite de la sociedad exterior arrojaba a la basura. La mayoría habían perdido del todo la cabeza, volviéndose criaturas agresivas e idiotizadas que atacaban sin provocación y sin descanso. La joven los odiaba, porque odiaba matarlos. Odiaba verse obligada a disparar a los mayores perjudicados de la salvaje dictadura del Gran B, especialmente cuando, a pesar de sus enfermedades, pústulas y mutaciones, aún podía distinguirse en ellos un rostro humano. Lo odiaba porque, de cuando en cuando, uno podía ver entre las facciones anónimas de los Carroñeros muertos una cara conocida, una cara con la que antaño había jugado, hablado o reído, antes de que el mundo entero se convirtiese en un jodido infierno.</p>
<p>La joven avanzó sin volver la vista atrás, saltando sobre los cuerpos sin vida de aquellas criaturas salvajes sin querer ni poder bajar la mirada y examinarlos más detenidamente. Y si una cara pálida, de mujer, le resultó familiar solo por un instante (¿Terri? ¿eras tú, Terri?), no tuvo valor para comprobarlo. Quizá se había equivocado. Tenía que haberse equivocado. Sin duda, se había equivocado. No era Terri la que estaba tendida sobre la inmundicia, mutilada y desangrada, con la boca desencajada en un gesto de furia que le perduraría como máscara mortuoria hasta que los gusanos la devoraran. No podía ser ella. Ni siquiera aunque lo fuese.</p>
<p>
<hr /></p>
<p>-¡Esto no estaba previsto! -aulló la joven mientras corría tan rápido como sus piernas se lo permitían. Un rayo eléctrico, o quizá una onda de choque sónico, era difícil decirlo, estalló a sus espaldas, abriendo un enorme agujero en el suelo que escupió una lluvia de piedrecillas ardientes hacia todas partes. Jodido neoarmamento de última generación. Los viejos rifles que solo disparaban balas se estaban quedando muy anticuados.</p>
<p>-¿Qué está ocurriendo? -chilló histéricamente la Voz de la Radio, en un tono tan aterrorizado y agudo que pareció silenciar, por un instante, todas las interferencias de estática.</p>
<p>-Me persigue un coche de policía. O el Gran B busca nuestra misma presa, o el muy gilipollas se ha escondido en territorio enemigo.</p>
<p>Los coches de policía del Gran B eran colosales monstruos que combinaban los últimos avances en tecnología armamentística e ingeniería genética, grandes cerebros acorazados y armados que flotaban sobre el suelo, aniquilando a todo ser vivo no autorizado que entrase en su radio de alcance. La joven los había definido en numerosas ocasiones como "el resultado de colocar un cerebro de ballena bajo la capota de un camión". Algunos incluso habían reído de su chiste. Pero correr delante de uno de ellos no resultaba gracioso. Nunca.</p>
<p>-Quizá se haya escondido ahí conscientemente -respondió la Voz, pensativa-. Ya sabes, cuando alguien trata de encontrarte, el último lugar donde mirará será bajo sus propias narices.</p>
<p>-¿Quiere eso decir que nuestro Príncipe cobarde tiene cojones, al fin y al cabo? -preguntó la joven, rodando a un lado para esquivar un segundo rayo que aquella criatura biomecánica iba a dispararle. Por fortuna, aquellas cosas no eran grandes tiradores. Al igual que la vieja policía a la que habían sustituido, disparaban en todas direcciones, tratando de alcanzar a su presa más por casualidad que por puntería. Pero ella no era de esos. Desde que tenía memoria, la joven siempre había empuñado un arma. En una ocasión, su padre le había dicho que había aprendido a disparar antes de aprender a hablar. Su padre...</p>
<p>Un grito agudo brotó de su garganta desgarrada cuando un rayo de calor disparado por el monstruo que le seguía le alcanzó en la pierna derecha, haciendo que su sangre hirviera y la carne se ennegreciera y ardiera. La joven cayó al suelo, volteándose bocarriba para dejar al viejo SPR en posición de tiro. Ignoró los desesperados gritos de la Voz que le preguntaban por su estado, y agradeció internamente a quien pudiese escucharla que el calor le hubiese bloqueado temporalmente las terminaciones nerviosas, permitiéndole pensar por un instante en algo más que el agónico dolor que, indudablemente, iba a sentir en pocos segundos. El coche de policía se cernía sobre ella como un ave de presa, apuntándola con un centenar de rifles, láseres y quién sabe qué, que dispararían en una fracción de segundo. Tenía que ser más rápida. El chip de control de esa cosa era una zona de diez centímetros situada tras el cerebro medio. Y solo iba a tener un disparo.</p>
<p>Un disparo.</p>
<p>-¡Contéstame, Margaret! ¿Estás bien?</p>
<p>-Estoy bien, hermana mayor -respondió la joven, sonriendo a pesar del terrible dolor al oír el ruidoso suspiro de la Voz de la Radio-. Tengo una pierna tocada, pero le he destrozado al Gran B uno de sus queridos coches de policía. Cincuenta millones de dólares menos en la cuenta de ese sucio bastardo... ¿Me has llamado Margaret?</p>
<p>-Lo siento, ha sido la tensión del momento ¿Cómo está tu pierna? ¿Crees que puedes continuar?</p>
<p>-Es solo un rasguño -contestó ella. La carne de su pierna se había convertido en una masa morada y negra, en la que empezaban a surgir unas desiguales ampollas amarillentas sobre la piel arrugada y chamuscada-. Puedo continuar. Tengo que capturar a nuestro Príncipe. </p>
<hr />
<p>El Príncipe comía una lata de conservas en el interior de un búnker perfectamente acondicionado. A veces, se felicitaba a sí mismo por su soberbia astucia: con todas las fuerzas del Gran B buscándolo, él se escondía sin que nadie le molestara en el equivalente a un auténtico hotel de lujo, con cama, lavabos, biblioteca y mucha comida enlatada para sobrevivir tres vidas, si era necesario. En realidad, solo echaba de menos su vieja conexión a Internet. Ya había leído un par de veces todos los libros que había creído prudente traer consigo.</p>
<p>-Martin Prince, supongo -dijo una voz, a sus espaldas-. El Gran Codificador que fabricó las Cinco Puertas que protegen al Gran B. </p>
<p>Martin se volvió, sobresaltado, dejando caer su lata de conservas al suelo con un sonido metálico. Ante él se alzaba una joven de veintipocos años, de largo cabello rubio y unos ojos azules tan fríos como el mismo hielo, que le apuntaba con un rifle SPR. Su pierna izquierda estaba completamente quemada, pero ella ignoraba el dolor apretando fuertemente los dientes. Su cara le sonaba de algo... estaba seguro de haberla visto antes...</p>
<p>-¿Margaret? ¿Maggie? ¿eres tú? -dijo Martin, entrecerrando los ojos-. ¿La pequeña Maggie Simpson?</p>
<p>-Justamente, Príncipe -respondió ella con una sonrisa, sin mover ni un ápice su arma-. Y tú te vienes conmigo. Eres el único que puedes ayudarnos a derrotar definitivamente al Gran B. Solo tú puedes abrir las puertas que guardan el despacho de Charles Montgomery Burns.</p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/03/26/que-hace-rekhar-clase¿Qué hace Rekhar en clase?2009-03-26T19:17:49+00:002009-03-29T18:32:59+00:00
<p><img class="imgcen" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/escanear0002.jpg" alt="" width="474" height="634" /></p>
<p>Dibujo de Spidey hecho a boli en la última página de mi libreta de Educación Especial. Tiene varios miles de errores, pero con la terrible mirada de la maestra (no, no sé su nombre) taladrándome la nuca, es difícil concentrarse U_U</p>
<p> </p>
<p>(Así ya no podreis decir que no subo mis dibujos al blog U_U)</p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/03/25/lungriLungri2009-03-25T18:29:18+00:002009-03-29T18:51:04+00:00
<p class="aright"><em>El fenómeno del tigre devorador de hombres inicia cuando el animal prueba por primera vez carne humana. Desde allí sólo ese alimento podrá satisfacer su terrible apetito.</em></p>
<p class="aright">Sir Lloyd W. Winall</p>
<p class="aleft">-¡Mirad, mirad! -aúllan los monos, desde lo alto de los árboles, saltando arriba y abajo con un horrible estrépito que podría despertar a los muertos- ¡Mirad, mirad! ¡Es él, es Lungri, el Cazador de Ganado! ¡Mirad a Lungri el Cobarde! ¡Mirad, mirad!</p>
<p class="aleft">Te limitas a avanzar sin mirar hacia arriba, tratando de conservar los miserables rastrojos que aún conservas de un orgullo que jamás llegó a estar completo. Tu figura, felina, distinguida y poderosa, se ve lastimeramente desmentida por los pequeños saltitos que tu pata torcida te obliga a dar al caminar. Naciste cojo, y el inmisericorde destino se encargó de obligarte a recordarlo a cada instante, como una broma cruel. Cuando tu madre te vio, sosteniéndote en pie a duras penas mientras tus hermanos ya corrían de un lado a otro, jugando a que mataban arrojándose sobre presas invisibles, decidió el nombre con el que cargarías durante el resto de tu existencia, como una pesada roca que te ataron sobre el lomo. Tú serías Lungri (El Cojo), y toda la selva recordaría tu deformidad, tu pata torcida, cada vez que pronunciaran ese nombre maldito. Tu propia madre...</p>
<p class="aleft">De pronto, una lluvia de ramas, frutos e inmundicias cae sobre tu cuerpo, finalizando abruptamente tus pensamientos, y arrancándote un gemido de sorpresa y dolor. El pueblo de las ramas, aburrido de que sus insultos no alcancen tu alma endurecida, se ha decidido por pasar a un ataque más directo, arrojándote con sus manos negras y peludas cualquier objeto que puedan encontrar a su alcance. Sus aullidos ("Lungri, Lungri") llenan la jungla, arrastrados por la brisa nocturna para hablar de tu humillación a cualquiera que se detenga un instante a escuchar. Bajas la mirada, tratando de reprimir ese salvaje gruñido que te vibra en la garganta, hasta que una piedra grande, arrojada por un gibón especialmente fuerte, te golpea con dureza en el hocico. Entonces alzas la cabeza, y abriendo las mandíbulas más poderosas que el mundo haya conocido, alcanzas el mismo firmamento con un terrorífico rugido, grave, brutal y ardiente, que engulle como una bestia hambrienta hasta el último de los gritos de los monos.</p>
<p class="aleft">-¡Lungri, Lungri! -aúllan de nuevo, cuando el rugido se debilita y cesa- ¡Perro que ladra, poco muerde! ¡Sube aquí arriba a por nosotros, Lungri! ¡Trepa al árbol con tu pata coja!</p>
<p class="aleft">Pero los enloquecidos simios no parecen tan convencidos como en el instante anterior, y pasado apenas un momento, sus gritos se convierten en un agitado murmullo, y abandonan las ramas con presteza y en aterrado silencio. Ni por un instante tratas de engañarte a ti mismo pensando que huyen de ti. Avergonzado y herido con un millar de rasguños, te volteas con lentitud para saludar al rey de aquella tierra, el que ha puesto en desbandada a los monos.</p>
<p class="aleft">-Akela... -dices, rogando porque el hambre no haya vuelto tu voz demasiado débil.</p>
<p class="aleft">Akela es un gran lobo de color gris oscuro, líder indiscutible de la manada del Seeonee, cuyos ojos dorados te taladran desde la oscuridad de la noche como hogueras ardientes. Acompañado por cuatro de sus lugartenientes, te observa silencioso, valorándote, como si leyese en tu corazón. Esperas que te pregunte por qué motivo has osado invadir su territorio, pero hay algo en su mirada que te dice que, de algún modo, ya lo sabe.</p>
<p class="aleft">-Lungri -dice por fin, y su voz es profunda y severa- rompes la Ley de la Selva al presentarte en mi territorio sin mi consentimiento, sin anunciarte siquiera, y seguido por los Bandar-Logs. ¿No hay reses que puedas robar a los humanos? ¿Vienes hasta mí para suplicarme restos de comida, como haría un chacal?</p>
<p class="aleft">Humillado, obligado por el hambre atroz que te atenaza el estómago, y que se ha convertido a lo largo de los días en un dolor continuo y casi insoportable, asientes. Sí, sí, Akela, tengo hambre y necesito comer, quieres decirle. Roeré los huesos mondos si es necesario. Pero sólo asientes, incapaz de dejar escapar de entre tus garras el poco orgullo que todavía pueda quedarte.</p>
<p class="aleft">-Al matar el ganado de los humanos, has provocado más problemas de los que sabrías contar. Persecuciones, trampas, buenos cazadores asesinados por las avispas de acero -responde Akela, y solo por un segundo, crees ver reflejado en sus ojos de oro un atisbo de tristeza. Pero un instante después, vuelve a ser el líder estoico e inconmovible, único señor de la manada. Quizá lo hayas imaginado-. No voy a darte nuestra carne, tigre, pues mucho nos costó lograrla. Aprende a cazar gamos.</p>
<p class="aleft">No tienes fuerzas para discutir, y de todos modos, la decisión del líder lobo es irrevocable. Decides marcharte a la orilla del río, a esperar allí para morir de inanición. Los chillidos de "Lungri, Lungri" que vuelven a escucharse en las alturas te dicen, más allá de cualquier duda, que los monos han regresado para seguir atormentándote.</p>
<hr />
<p class="aleft">La sangre roja, fresca y húmeda, gotea dulcemente de tus mandíbulas, mientras devoras a grandes dentelladas el cuerpo despedazado que enrojece lentamente bajo tus letales garras. En la orilla del río encontraste una nueva presa, carne fresca para salvar tu vida. Carne del tipo más estrictamente prohibido por la Ley de esa Selva ingrata que nunca te ha otorgado su favor.</p>
<p class="aleft">Das un nuevo bocado, y un espasmo de vigor y excitación te hace estremecer. De modo que esta es la terrible criatura que todos temen. De modo que estos son los dueños indiscutibles, el Miedo con mayúscula, esos extraños seres sin pelo a los que ningún animal puede mirar a los ojos. Y tú has desgarrado su cuerpo sin impedimento, has roto sus huesos con un solo mordisco, y ahora lo estás devorando sin que ninguna maldición ni extraño espíritu te lo recrimine. Y quizá lo más importante de todo es que has descubierto que el Hombre, al igual que las reses gordas que cría para trabajar en sus campos, es demasiado lento como para derrotar en carrera a un tigre que nació cojo. Mirando hacia abajo, hacia los restos sanguinolentos que aún duermen entre tus garras, te dices que no será este el último hombre al que matarás. Demostrarás a todos que tú no temes al Miedo, que tú eres el auténtico señor de la selva. Y te otorgarás a ti mismo un nuevo nombre, uno con el que llevas soñando desde que eras un cachorro.</p>
<p class="aleft">-¡Decidnos quien sois, señor! -aúlla una voz en las alturas. Son los monos, que te han seguido, buscando continuar con su cruel juego. Los monos, que ahora te observan aterrorizados, inmóviles en sus ramas, estudiando la noble figura de aquel que ha matado al mayor asesino de la selva. Reverenciando con pánico indecible al Devorador de Hombres-. Os parecéis a Lungri el cojo, pero sois infinitamente más poderoso que él.</p>
<p class="aleft">-Soy el Señor de los Tigres. Soy Shere Khan -respondes, con voz poderosa y ojos ardientes. Y tu rugido, terrible, salvaje y atroz, hace estremecerse a las mismísimas estrellas.</p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/02/16/rolRol2009-02-16T17:06:28+00:002009-02-20T20:10:39+00:00
<p><em><span style="color: #66ff99;">-¡Hay que atrapar a esa sabandija! -gritó Azaron, llevado por un repentino ímpetu difícil de reprimir- ¡Pook, sígueme!</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">El mediano ladrón sacudió la cabeza, afirmativamente, y echó a correr a la par del mercenario, dando largas zancadas con sus cortas pero veloces piernecitas. Unos metros por delante, un diminuto humanoide con aspecto de lagarto corría velozmente, aterrorizado, adentrándose en la oscuridad de un túnel excavado en la roca para escapar de sus perseguidores. Si lo conseguía, daría la alarma, y toda la misión fracasaría. </span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">-Urr... chicos...</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-...recordáis que los kóbolds son muy buenos fabricantes de trampas ¿verdad? -dijo I, sentada en la mesa de juego, tamborileando gracilmente los dedos sobre su hoja de personaje. Ahissa, su elfa exploradora, había advertido varias veces a los demás miembros del equipo sobre las habilidades como tramperos de esas lagartijas bípedas llamadas kóbolds, pero al parecer, nadie se había tomado demasiado en serio sus advertencias. Hasta ahora, al menos.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">E y B se miraron mutuamente, comprendiendo casi al mismo tiempo que quizá no había sido tan buena idea que sus respectivos personajes, Pook y Azaron, entraran corriendo en un túnel oscuro, persiguiendo a un individuo de una raza famosa por su maliciosa inventiva. Tras unos segundos de vacilación, B me miró, tratando de resolver el entuerto.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Ehh... cuando Ahissa nos advierte, nos detenemos en seco.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Me temo que es ya muy tarde para eso -respondí, con una sonrisa maléfica, al tiempo que arrojaba un dado de veinte caras sobre la mesa. El dado golpeó la madera con su sonido característico, y tras dar varias vueltas sobre sí mismo, mostró su fatídico resultado.</span></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;"> Las palabras de la elfa se perdieron en la oscuridad, cuando Pook sintió como el mismo suelo se hundía bajo sus pies. La inyección de adrenalina que recorrió sus venas le permitió pensar y actuar con la celeridad que necesitaba: era una trampa de foso, todo un clásico. Sabía como lidiar con esto, al fin y al cabo, la agilidad era su punto fuerte. Mientras aún caía, el mediano golpeó la pared de piedra con movimientos precisos que no solo redujeron la velocidad de su caída, sino que le permitieron mantener una postura erguida para no abrirse la cabeza contra el suelo, donde quiera que estuviera. Ni siquiera estaba asusutado, solo sentía cierta curiosidad por saber hasta donde se extendía la trampa. De pronto, sus pies chocaron contra una dura superficie de roca, que transmitió por todo su cuerpo una punzada de dolor lacerante. Pook cayó de rodillas, apoyándose en el suelo con las manos, y aspiró profundamente tratando de recuperarse. Era probable que se hubese roto un tobillo, pero nada demasiado grave. Había esperado un foso mucho más profundo.</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">-¿Esto es todo? -rió, entre jadeos- Parece que los kóbolds no son tan temibles como tramperos, después de...</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">Su risa murió en la garganta. Frente a él, un centenar de minúsculos lagartos bípedos, de un color verde brillante y penetrantes ojos amarillos, lo miraban con una fijeza que solo podía explicarse de un modo: tenían hambre. Mucha hambre.</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Eres un cabrón -me dijo E, al ver que mi sonrisa se ensanchaba.</span></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;"> -¡Pook! -exclamó Ahissa, al oir los gritos de dolor que procedían del interior del foso. Rápidamente, ató una cuerda a un saliente de roca, y la arrojó al interior de la trampa, confiando en que Pook tuviese tiempo de aferrarse a ella. Pero para cuando el cabo llegó a su destino, el pequeño mediano estaba tendido bocabajo, cubierto por una infinidad de lagartos que, saltando como pájaros, subían sobre su espalda y lo picoteaban, arrancando pequeños pedacitos de carne. Poco hubiese importado que la cuerda estuviese a su lado, o en el último círculo de los Nueve Infiernos, era imposible que Pook pudiese alcanzarla.</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">-Voy por él -murmuró Azaron, que había saltado justo a tiempo para evitar la suerte del mediano. Rara vez se comportaba el solitario mercenario de forma tan desinteresada, pero se sentía fuertemente culpable por no haber recordado antes la advertencia de la exploradora. Aferrándose a la cuerda, descendió tan rápido como pudo, sin importarle si quiera que las manos se le quemaran y despellejaran al áspero contacto de las hebras de cáñamo. En pocos segundos había llegado abajo, y agarrando velozmente al mediano, tiró de la cuerda con la única mano que aún tenía aferrada a ella. Algunos de los lagartos comenzaron a mordisquear el cuero de sus botas. </span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">-¡Subidnos! ¡Maldita sea, subidnos de una vez!</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">Thorbrand, el musculoso guerrero enano que era, con mucho, el más fuerte del grupo de aventureros, no se hizo de rogar. Acercándose al borde del foso, calculó con rapidez que tendría que alzar a peso unos cien kilos, entre el mercenario humano y el minúsculo ladrón mediano. No era nada que no hubiese hecho con aterioridad. Separando los pies, tomó la cuerda y se preparó para tirar.</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;"> El dado de veinte caras rodó de nuevo sobre la mesa, esta vez, arrojado por la mano de V. Aún rodaba cuando varios jugadores opinaron que debería haber esperado a que los demás llegaran, para tirar todos juntos del cabo. V les respondió que no había tiempo, y en cierto modo, tenía razón. La vida de Pook corría serio peligro.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">Finalmente, el dado dejó de dar vueltas, mostrando el resultado obtenido. Algunos rieron disimuladamente. E miró hacia el cielo, desesperado, y V cerró los ojos, como si estuviera cansado. Siempre le ocurría lo mismo.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Tropiezo ¿verdad? -dedujo, mirándome.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Sep, tropiezas.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Jodida ley de Murphy.</span></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;"> Azaron se dijo que estaban en serios problemas cuando vio al guerrero enano caer como un saco al interior del foso. Thorbrand era, indudablemente, bajito, pero también tan voluminoso que el ruido de su caída se hubiese podido confundir con el que debía causar un meteorito al alcanzar la superficie de la Tierra. Al menos, se dijo Azaron, lo cierto era que en cierto modo el enano había cumplido su misión de salvar al mediano. Los pequeños lagartos renunciaron casi inmediatamente a mordisquear a aquel ladrón huesudo y diminuto para lanzarse sobre la mole de carne magra que les había, literalmente, llovido del cielo. </span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">Rezando una plegaria a una diosa en la que no creía demasiado, el mercenario humano ató el cuerpo inconsciente de Pook en la cuerda, coreado el siniestro sonido de un centenar de mandíbulas de reptil al cerrarse como cepos, e introduciendo la mano en aquella marea verde y viva, buscó a tientas algún asidero del que aferrar al enano. </span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">-¡Subidnos!</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;"> -¿Estás loco? -se escandalizó I-. ¡Te partirás en dos!</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Estoy con la elfa -asintió N-, es completamente imposible.</span></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;"> Azaron sintió como una horda de colmillos, minúsculos y agudos como agujas, roían la carne de su mano.</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">-¡Subidnos de una puta vez!</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;">Sin discutir más, los tres compañeros que aún no habían caído al foso tomaron la cuerda entre sus manos y tiraron con fuerza.</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;"> -Bueno, B, eso ha sido muy heróico por tu parte, hay que admitirlo -dije, considerablemente sorprendido. Sinceramente, había esperado que el mercenario salvase su propia piel, dejando a sus compañeros en el interior del foso-. Tira el dado, a ver si eres capaz de soportar los cien kilos del enano con una sola mano.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">B, nervioso como un jugador de casino que apuesta toda su forutna en una única tirada, lanzó el dado de veinte caras, que rodó por la mesa una vez más, aquella noche. Ahora ya no había vuelta atrás, el dado decidiría.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">-Si muero, recordadme como un héroe -dijo amargamente, mientras el pequeño icosaedro numerado se demoraba en dar su respuesta, rodando sobre sí mismo mientras todos los jugadores se inclinaban sobre la mesa. Finalmente, cayendo de lado, el dado decidió.</span></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;"> El tirón de la cuerda arrancó un aullido de dolor desesperado de la garganta del mercenario, quien pudo sentir como cada músculo y hueso de su cuerpo se quebraba en aquel salvaje esfuerzo. Un torbellino de agonía que, quizá por fortuna, duró únicamente unos segundos. Casi inmediatamente, se sintió caer, y la oscuridad le envolvió como el abrazo de una dulce amante, susurrándole al oído que todo había acabado. Todo había acabado.</span></em></p>
<p><em><span style="color: #66ff99;"></p>
<hr />
</span></em></p>
<p><span style="color: #66ff99;"> </span><em><span style="color: #66ff99;">Azaron entreabrió los ojos, revigorizado por las manos sanadoras de Torbuk, el clérigo, que lo sacaban de su inconsciencia. A su alrededor, todos sus compañeros le miraban como si jamás lo hubiesen visto hasta ese momento. Pook le abrazó, y Thorbrand cabeceó con agradecimiento y un extraño destello en su mirada. Hasta ese instante, nadie había podido ganarse la admiración y el respeto del tozudo guerrero enano. Sin creer del todo que aún estuviese vivo, Azaron se dejó caer de espaldas sobre el frío suelo, profundamente agradecido por no haberse convertido en comida de lagarto.</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;"> -No vamos a dejarte diseñar más trampas -dijo E, mirándome con esa mezcla de enfado y alivio que tanto me gusta ver en mis jugadores. Supongo que tres personajes a punto de morir en un mismo lugar era, en su opinión, un tanto excesivo.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;">Una vez más, sonreí con malignidad. Pobrecillos, no tenían ni idea de lo que les esperaba.</span></p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2009/01/27/la-historia-rekhar-capitulo-3-debilidadLa historia de Rekhar (Capítulo 3.- Debilidad)2009-01-27T20:55:22+00:002009-02-09T19:24:07+00:00
<p>Una lágrima, solitaria y amarga, cayó al suelo cubierto de hierba enrojecida, perdiéndose en un charco espeso y escarlata.</p>
<p> -Entonces, eres más débil de lo que pensaba.</p>
<hr />
<p>Rekhar había alcanzado ya los nueve años de vida, y con ellos, la mayoría de edad. Cuando no cazaba en el bosque, ganando día tras día una mortífera precisión como arquero con la que trataba de compensar la macilenta debilidad de sus brazos verdosos, se acurrucaba en un rincón de la cabaña del viejo hechicero -la única del poblado- y se enfrascaba en el estudio de los antiguos tomos de secretos arcanos que el brujo había logrado ocultar de la ignorancia analfabeta de sus congéneres. Allí estaba ahora, bebiendo del saber de los ancestros con una sed insaciable, mientras el largo cabello azabache, sucio y desgreñado, le caía sobre la frente y los hombros sin llegar a molestarle, demasiado enfrascado en su búsqueda de tierras lejanas, criaturas exóticas y poderosa alquimia.</p>
<p>El más joven de los cazadores debía mucho al hechicero que, cruzado de brazos, le miraba. Había sido el brujo quien le había enseñado a leer y escribir (era el único trasgo, que él conociese, que tuviese tales conocimientos) y, más importante aún, le había enseñado a mentir, a usar la palabra para alcanzar sus propios fines, ocultos y secretos. Y Rekhar había demostrado una habilidad innata para la mentira, hasta tal punto que no había tardado demasiado en superar a su maestro. Era él quien preparaba ahora los impresionantes rituales, tan falsos como una moneda de oropel, para mantener el pueblo dominado bajo el puño de hierro de un intelecto superior. Como resultado, entre los trasgos se murmuraba que el brujo jamás había sido tan poderoso como lo era ahora. Y no obstante...</p>
<p>-Eres débil -dijo el hechicero, cruzado de brazos, taladrando al joven desde más allá de aquellos terribles ojos amarillentos que se empequeñecían bajo el ceño fruncido de su dueño.</p>
<p>-Lo sé -respondió Rekhar, alzando la mirada del libro que le ocupaba. Su siniestra sonrisa, igual que un tajo de puñal abierto en su cara, mostraba los minúsculos dientes amarillentos y afiladísimos que se ocultaban tras sus cuarteados labios verdes-. Lo sé, y no puedo evitarlo. Pero si nadie más lo sabe, nadie puede atacarme desde ese flanco.</p>
<p>-Yo también lo sé -dijo su maestro, con voz cortante y seca como un cuchillo aguzado.</p>
<p>-Pero tú no se lo dirás a nadie, anciano -respondió el joven cazador-. Porque yo sé muchas cosas de ti. Sé que no hay magia en el repicar de los cráneos putrefactos que cuelgan de tu bastón. Y sé que una sola flecha de mi carcaj podría atravesarte de parte a parte, si fuese necesario.</p>
<p>-Esa es una gran bravuconada. Y no me refería a eso, no tienes nada que temer de mí. Pero si yo lo sé, otros pueden averiguarlo. Nunca olvides quién fue tu padre. Nunca olvides a quién le gustaría verte muerto.</p>
<hr />
<p> -Te lo advertí -dijo el hechicero, cruzado de brazos ante el joven trasgo, que se acurrucaba en el suelo sin moverse ni emitir sonido alguno. Solo una lágrima había derramado, una lágrima en la que se condensaba el dolor, la rabia, la vergüenza, el miedo. Una lágrima que equivalía a un grito de furia y desesperación, una lágrima que le hacía desear tenderse en el suelo y quedarse quieto, muy quieto, hasta que la sed y el hambre le concedieran finalmente el descanso de la tumba. Solo una lágrima, que había caído en el más absoluto de los silencios, mezclándose con el charco de sangre que teñía indecentemente la hierba del suelo-. Deberías haber luchado contra tu especial debilidad, en lugar de aceptarla como hizo tu padre. Supongo que la has heredado de él.</p>
<p>El trasgo no contestó. Siguió inmóvil, caído, completamente derrotado, con la mente sumida en un extraño torbellino de jirones nebulosos que le impedía razonar. Quizá ni siquiera fuese capaz de escuchar las palabras de su viejo mentor.</p>
<p>-El corazón es para los elfos, Rekhar. Si te preocupas por los demás, te dañarán a través de ellos. Has tenido un poderoso enemigo desde el mismo momento de tu nacimiento, joven. Cierra tu corazón de elfo, rechaza tu debilidad. A ningún otro trasgo le hubiesen dañado de este modo.</p>
<p>El hechicero esperó durante unos instantes la respuesta de su pupilo, y finalmente, decidió marcharse a su cabaña, a comer algo. En realidad, no podía entender del todo lo que estaba ocurriendo. Al fin y al cabo, a diferencia de Rekhar, él no era débil. Él no tenía corazón.</p>
<p>El joven cazador se quedó solo, mientras el charco carmesí crecía y crecía, amenazando con bañarle por completo. Ante él, empalado en un árbol con una lanza de madera, el cadáver de su madre se desangraba lentamente bajo la luz rojiza del atardecer.</p>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2008/12/03/la-historia-rekhar-capitulo-2-cazadorLa historia de Rekhar (Capítulo 2.- Alrededor de la hoguera)2008-12-03T21:07:48+00:002008-12-08T16:21:10+00:00
<p>-No aceptarán de buena gana a un cazador tan joven.</p>
<p>-¿Crees que no lo he pensado? No les quedará más alternativa.</p>
<p>-Tienes un plan.</p>
<p>-Siempre.</p>
<HR id=null>
<p>La noche era oscura como el plumaje de un cuervo, sin luna ni estrellas que la salpicaran de su pálida belleza. Una negrura que resultaba sofocante, pesada, para las dos docenas de trasgos temblorosos que se miraban nerviosamente entre sí, sentados en el gélido suelo del bosque mientras formaban un amplio círculo alrededor de una hoguera apagada. Todos ellos se mantenían en un silencio temeroso y sumiso, un silencio colmado de viejos mitos y supersticiones que se perdían en esa oscura inquietud que precedía al amanecer del mismo tiempo. Era una noche fría, terrible, en la que espíritus invisibles podían observar ocultos desde los árboles, clamando venganza por la sangre derramada hacía tan solo unas pocas horas, en las planicies. Sangre que aullaba desde las mismas entrañas de la tierra, pidiendo al cielo redención.</p>
<p>Una chispa surgida de la nada iluminó las sombras por un instante, y la hoguera respondió a su llamada, alzándose repentinamente como una gigantesca columna de fuego que pretendiese alcanzar el firmamento. Un murmullo de asombro ahogado recorrió la garganta de los trasgos, que observaban espantados a la figura que se recortaba, oscura, ante las llamas. Era el hechicero, cubierto de huesos y empapado en sangre, que bailaba al son de una música terrible, compuesta por el estremecedor ulular del viento y el salvaje crepitar de la madera ardiendo. Entre las manos enrojecidas sujetaba la enorme cabeza de un ciervo adulto, cuya majestuosa cornamenta parecía retorcerse bajo la luz danzarina de las llamas. Los trasgos que permanecían sentados temblaron de reverente pavor al sentirse reflejados en aquellos fríos ojos, vacíos y muertos, que desde las manos del brujo posaron su terrorífica mirada en cada uno de ellos. </p>
<p>-¿Quién de vosotros? -aulló el hechicero, sosteniendo en alto la cabeza del ciervo-. ¿Quién de vosotros ha matado a esta criatura? ¿Quién provoca la ira de los espíritus?</p>
<p>-Yo la he matado.</p>
<p>Uno de los trasgos más jóvenes se había levantado, manteniendo la cabeza alzada en actitud arrogante. Su cabello ensortijado y azabache reflejaba como un espejo de obsidiana la danzante luz de la hoguera, adquiriendo un misterioso color anaranjado. Sus ojos, que bajo la suave luz del día hubieran parecido brillantes piedras de ámbar, ardían ahora como brasas encendidas ante el baile de las llamas. En la apergaminada piel de su rostro aplastado, una media sonrisa se abría orgullosamente, como el corte sutil de un cuchillo afilado, dejando entrever unos minúsculos dientecillos terroríficamente agudos. </p>
<p>-¿Tú? -preguntó el hechicero, recorriendo con un poderoso salto la distancia que le separaba del trasgo que, aún en pie, lo desafiaba en silencio con la mirada. Abandonando su habitual postura de anciano venerable, encorvada y encogida, el brujo se alzó en toda su imponente estatura, alcanzando casi el metro y medio y dominando al orgulloso joven en más de dos cabezas de alzada. Sus ojos relampagueaban de cólera -¿tú, cachorro, has desafiado a los espíritus, hundiendo tu lanza en el corazón de una bestia salvaje?</p>
<p>-No he usado una lanza, ni tampoco una maza -respondió el acusado sin perder, ni siquiera por un instante, un ápice de su arrogante sonrisa. Una ahogada exclamación de incredulidad recorrió las gargantas de los trasgos que aún permanecían sentados, incapaces de comprender que un niño como aquel desafiase abiertamente al más poderoso brujo de la tribu. Pero allí seguía, en pie y altivo, los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos reluciendo en carmesí bajo las llamas-. Lo maté con arco y flecha, porque soy un cazador y estoy en mi derecho.</p>
<p>-¿Oís, espíritus de la noche? -clamó el hechicero, volviéndose hacia la monstruosa hoguera como si estuviese dialogando con el crepitar de las llamas-. ¡escuchadnos, fantasmas de los muertos, duendes de la sangre! Este cachorro se alardea de un título que vosotros debéis concederle. ¡Habladnos! ¿Otorgaréis a este trasgo el nombre de cazador?</p>
<p>Respondiendo presurosa a las palabras del hechicero, la hoguera chisporroteó y tembló, amenazando por un instante con apagarse, como si pretendiese evitar de ese modo la respuesta que se le exigía. Y de pronto, sin aviso previo, estalló en una ardiente explosión azul celeste que iluminó el bosque como un poderoso relámpago. Los trasgos se arrojaron de bruces, aterrorizados, aplastando la nariz contra el suelo en un intento de huir de la furia de los espíritus, e incluso el arrogante joven dio un paso atrás, protegiéndose el rostro de aquel atronador estallido que amenazaba con abrasarlo. Sólo el hechicero se mantuvo imperturbable, los brazos alzados al cielo, siendo devorado por aquella salvaje luminosidad.</p>
<p>Paulatinamente, la noche volvió a ser oscura. La hoguera, tras responder, había regresado a la gélida mudez de la negra leña apagada, entre la que apenas sí podían distinguirse algunas brasas que brillaban tímidamente bajo los troncos carbonizados. Ante ella, la figura del hechicero volvía a ser la de un anciano encorvado, caído de rodillas y aparentemente agotado. Respirando agitadamente y con dificultad, se volvió hacia la aterrada concurrencia y el asombrado trasgo joven, que esperaba sus palabras con los ojos muy abiertos y sin sonreír.</p>
<p>-Rekhar, hijo de Drikker, los espíritus te nombran cazador de la tribu. No falles en tu cometido.</p>
<HR id=null>
<p>-He de reconocer que tenías razón -dijo el hechicero, que desprovisto de huesos y sangre, resultaba mucho menos amenazador. Se afanaba en reordenar una multitud de saquillos, cuidadosamente organizados en una bolsa de piel de zorro, para incluir entre ellos la minúscula bolsita, levemente impregnada de un polvillo azulado, que se había visto forzado a utilizar para la ocasión-. Tu plan resultó, a nadie parece importarle la juventud de nuestro nuevo cazador tras el pequeño espectáculo de anoche.</p>
<p>-Lo sé. No quisiera decirte cómo hacer tu trabajo, pero...</p>
<p>-A decir verdad, me ayudaría mucho que lo hicieses. Me hago viejo, y un acólito tan astuto a mi lado me ayudaría a recobrar el control sobre la tribu que tuve antaño. Lástima que ya hayas elegido otro oficio.</p>
<p>Rekhar, con la espalda suavemente apoyada sobre la pared de piel de la choza del hechicero, aumentó levemente su siniestra sonrisa, esa sonrisa que parecía una fina herida abierta en su rostro con un cuchillo afilado.</p>
<p>-Sí, es una lástima -coincidió.</p>
</HR></HR>
Rekharhttp://s3.amazonaws.com/lcp/rekhar/myfiles/goblin-165x65.jpghttp://rekhar.lacoctelera.net/post/2008/11/16/la-historia-rekhar-capitulo-1-tamboresLa historia de Rekhar (Capítulo 1.- Tambores)2008-11-16T13:16:55+00:002008-11-23T16:13:31+00:00
<p><EM>Tambores... tambores... más allá del umbral.</EM></p>
<p> Los poderosos músculos del lobo se tensaron como resortes bajo la piel cálida y el pelo áspero y salvaje, al tiempo que un gruñido profundo, amenazante, vibraba en su garganta como una terrible señal de advertencia. Su instinto cazador parecía gritarle al oído, exigiéndole que se abalanzara contra aquella montaña de carne y hierro que se alzaba, arrogante, en medio del camino. Pero el animal lo ignoró, contentándose con seguir lanzando aquella especie de desafío que surgía de entre sus colmillos apretados. Esperaría a la señal de su jinete y entonces, solo entonces, atacaría.</p>
<p> Drikker, Jinete de Lobos, permanecía inmóvil sobre su más querida montura, acariciando inconscientemente, por costumbre, aquel pelaje áspero que parecía suavizarse al contacto con la familiar mano verdosa de su amo. El trasgo notó como el pulso se le aceleraba, a punto de estallarle en el pecho, indicándole que el momento del combate se acercaba con más y más rapidez. Por un segundo, el desbocado sonido de su propio corazón le recordó a los tambores que debían estar repiqueteando en aquel preciso instante, muy lejos de allí.</p>
<p> <EM>El hechicero, cubierto de pintura roja y extraños huesos, bailaba poseído por un feroz frenesí bajo la temblorosa luz de las antorchas. Al ritmo de los tambores, tambores que se escuchaban más allá del umbral. Imbuido por los tambores, tambores que ocultaban con su salvaje música los desgarradores gritos de la mujer. </EM></p>
<p> -¡Lárgate de mi bosque! -respondió Drikker furioso, cerrando los dedos alrededor de la desgastada empuñadura de su puñal.</p>
<p> El brutal gigante que ocupaba el camino se limitó a sonreir con crueldad, dejando al descubierto sus enormes dientes de marfil, blancos y desiguales, semejantes a los colmillos de un monstruoso jabalí. Lentamente, de un modo casi meticuloso, tomó un terrible mangual de acero negro con su mano derecha, tan desproporcionadamente grande como parecía ser el resto de su cuerpo, y lo sacudió en el aire, como si fuese poco más que el sonajero de un bebé. </p>
<p> -Tu bosque -murmuró, y su voz sonaba como si la hubesen arrancado de las mismas entrañas de la Tierra- es mío ahora.</p>
<p> Se acabó la cháchara, pensó Drikker, y espoleando a su montura, se lanzó contra su oponente con un aullido de furia. Un ataque impropio de un trasgo, un ataque tan valeroso como suicida. Su último pensamiento, antes de que el mangual de su oponente hendiese el aire ante él, fue para esos tambores que nunca llegaría a oir. </p>
<p> <EM>Tambores, tambores que aumentaban en ritmo y fuerza, tambores que seguían el sonido desesperado de los gritos de dolor. Gritos, gritos que alcanzaban su instante más álgido, al tiempo que el hechicero seguía su baile enloquecido, bendiciendo aquel instante sacrosanto bajo la mirada de los antiguos dioses paganos. Tambores, tambores que clamaban al cielo, la tierra y el fuego. Música divina, tormenta llameante. Dolor y sangre para convertir la muerte en vida.</EM></p>
<p> El monstruo de colmillos de jabalí observó, incrédulo, como aquel líquido rojo, espeso y pegajoso, caía como si fuese una lágrima a través de su mejilla, manchándole de rubí la armadura negra. Se llevó la enorme mano al lugar que antes había ocupado su ojo izquierdo, y palpó con nerviosismo, buscándolo. Pero solo el dolor y el vacío respondieron a su gesto.</p>
<p> Arqueándose de furia, se volvió al lugar en el que Drikker había caído, deleitándose al ver el cuerpo del trasgo apoyado contra un árbol, roto y retorcido por un millar de golpes, sufriendo una atroz agonía mientras su aliento se esforzaba por escapar de sus pulmones. El monstruo de colmillos de jabalí quiso esperar, disfrutando de cada instante de la agonía del Jinete de Lobos (la muerte de su montura, con la espalda partida contra un árbol, había sido demasiado rápida), pero su mirada se detuvo en el puñal, manchado de sangre, que el trasgo aún sujetaba. El puñal que le había costado un ojo.</p>
<p> Con un rugido salvaje, el monstruo alzó de nuevo su arma, dejándola caer sobre aquel muñeco estropeado que, por alguna razón, aún se aferraba a la vida. </p>
<p><EM> Silencio. Con una última nota tensa, los tambores habían dejado de sonar. Ya no se escuchaban gritos, el hechicero no bailaba. Y por un instante, el mundo entero pareció sumirse en la paz más pura. Sólo por un instante, antes que el recién nacido, aún cubierto de sangre, empezó a llorar. </p>
<p> -Debes darle un nombre, mujer -dijo el hechicero, sosteniendo al pequeño entre sus manos verdosas.</p>
<p> -Rekhar -respondió ella, con el hilo del voz que ni el dolor ni el cansancio habían logrado aniquilar-. Su nombre es Rekhar, hijo de Drikker.</p>
<p></EM> </p>
<p> Drikker, Jinete de Lobos, Último Rebelde, Rey de las Tribus del Bosque de Garad, cerró los ojos, sin ser capaz si quiera de sentir el golpe que lo mataba. No pensó en su derrota. No pensó en que los suyos se convertirían en sirvientes, esclavos, o quizá algo peor, bajo las órdenes tiránicas de aquel monstruo que lo había asesinado. Ni siquiera pensó en su fiel lobo, que había dado su vida por defenderlo. No. Su último pensamiento, su único pensamiento, fue que jamás podría ver a su hijo.</p>
<p> Después, la oscuridad se lo llevó.</p>